Hace unos años, trabajaba con una señora. Siempre llegaba a tiempo, hacía su chamba calladita y nunca se metía en broncas con nadie. La verdad, la mayoría ni se sabía su nombre. Un día, una compañera nueva —sin conocerla de nada— se rió fuerte y soltó:
— ¡Ay, no inventen! ¿Poco sí todos los días viene vestida así? Parece que se escapó de un bazar de ropa vieja...
Casi todos se soltaron a reír.
Todos... menos yo.
Y menos ella.
La señora no dijo ni pío. Nomás agachó la cabeza, guardó sus cosas y se fue antes de que terminara su turno.
Al día siguiente, ya no volvió.
La jefa nos avisó que había renunciado.
Después nos enteramos de que llevaba semanas pasando por una separación muy fea, que su hija estaba enferma y que ese trabajo era lo único que la mantenía en pie.
Una sola frase.
Un chiste dicho "de broma".
Y todo se le vino abajo.
Desde ese día entendí algo muy importante:
Las palabras no se las lleva el viento.
Se quedan.
Calan hondo.
Y a veces... dejan cicatrices que ni los años pueden borrar.
¿La moraleja?
Uno nunca sabe la tempestad que la persona de al lado está cargando en su espalda.
Por eso, si no tienes nada bueno que decir, mejor quédate callado.
Porque las palabras tienen poder:
o te levantan... o te terminan de hundir.
— ¡Ay, no inventen! ¿Poco sí todos los días viene vestida así? Parece que se escapó de un bazar de ropa vieja...
Casi todos se soltaron a reír.
Todos... menos yo.
Y menos ella.
La señora no dijo ni pío. Nomás agachó la cabeza, guardó sus cosas y se fue antes de que terminara su turno.
Al día siguiente, ya no volvió.
La jefa nos avisó que había renunciado.
Después nos enteramos de que llevaba semanas pasando por una separación muy fea, que su hija estaba enferma y que ese trabajo era lo único que la mantenía en pie.
Una sola frase.
Un chiste dicho "de broma".
Y todo se le vino abajo.
Desde ese día entendí algo muy importante:
Las palabras no se las lleva el viento.
Se quedan.
Calan hondo.
Y a veces... dejan cicatrices que ni los años pueden borrar.
¿La moraleja?
Uno nunca sabe la tempestad que la persona de al lado está cargando en su espalda.
Por eso, si no tienes nada bueno que decir, mejor quédate callado.
Porque las palabras tienen poder:
o te levantan... o te terminan de hundir.