La gente cree que la madurez significa volverse más serio, más controlado, más racional.
Y quizá ahí está el error de muchos: confundir crecer con endurecerse. Como si la vida exigiera perder la curiosidad, dejar de jugar, apagar la capacidad de asombro para ser “adultos”.
Pero lo que realmente envejece no es el tiempo… es la pérdida de esa chispa. Cuando dejamos de sorprendernos, de reír sin motivo, de mirar el mundo con ojos nuevos, es cuando todo empieza a volverse gris.
Tal vez madurar no sea cerrar puertas, sino saber cuáles no debes cerrar nunca. Proteger esa parte que aún se maravilla, que aún pregunta, que aún siente sin filtros.
Porque al final, no es la edad la que te roba la vida… es olvidar cómo vivirla.
Y quizá ahí está el error de muchos: confundir crecer con endurecerse. Como si la vida exigiera perder la curiosidad, dejar de jugar, apagar la capacidad de asombro para ser “adultos”.
Pero lo que realmente envejece no es el tiempo… es la pérdida de esa chispa. Cuando dejamos de sorprendernos, de reír sin motivo, de mirar el mundo con ojos nuevos, es cuando todo empieza a volverse gris.
Tal vez madurar no sea cerrar puertas, sino saber cuáles no debes cerrar nunca. Proteger esa parte que aún se maravilla, que aún pregunta, que aún siente sin filtros.
Porque al final, no es la edad la que te roba la vida… es olvidar cómo vivirla.