PEDRO MARTINEZ: En una pequeña habitación de techos bajos, donde el...

En una pequeña habitación de techos bajos, donde el frío de los Andes se cuela por las rendijas, dos jóvenes tejían un futuro. No usaban lana, sino palabras. Se llamaban Mateo y Elena. Ella tenía las manos ásperas de lavar ropa ajena y él los ojos cansados de buscar un mañana que no llegaba. Entre ellos, una pequeña de pocos meses dormía ajena a la precariedad, envuelta en el aroma a café y esperanza.
—Será solo un año, Elena —decía él—. Ahorraré cada céntimo. Cuando vuelva, montaremos la tienda de textiles. Tendrás las mejores telas de la ciudad. Nuestra hija irá a una escuela con patio grande. Ya verás, todo va a salir bien.
El plan era perfecto, como suelen ser los planes cuando el hambre no ha invitado todavía a la desesperación. Vendieron lo poco que tenían para el pasaje. En el aeropuerto, el abrazo fue un nudo ciego. Mateo besó la frente de su hija y prometió volver antes de que la niña aprendiera a decir su nombre. Se fue con una maleta llena de sueños y una dirección escrita en un papel arrugado en el bolsillo.
Europa se veía brillante en las fotos, pero resultó ser de cemento frío. Los meses se volvieron de plomo. El trabajo que prometía oro era una jornada de catorce horas cargando escombros por la mitad del salario mínimo. El dinero que enviaba apenas servía para que ellas comieran, pero nunca para el pasaje de vuelta.
Un año se convirtió en tres tras una redada; tres se volvieron siete después de una enfermedad; siete se hicieron doce esperando unos papeles que el destino parecía extraviar a propósito; doce se estiraron hasta dieciocho mientras la vida seguía ocurriendo lejos de mí.
Hoy, sentado en un banco de un parque gris, miro una foto en mi teléfono. Es una chica joven, con el título de bachiller en la mano y la misma mirada que tenía Elena hace una vida.
Se llama Valeria. Hoy cumple dieciocho años.
Yo prometí volver antes de que aprendiera a decir mi nombre.
Lo aprendió sin mí.