En aquel entonces, Otoya, hijo de Tumbe – cacique que reinó en la Península de Santa Elena – conocida como Sumpa en tiempos prehispánicos, controlaba con mano dura torturando y explotando a todos sus habitantes. Los hombres eran sometidos a trabajos forzados y las mujeres se rendían a los antojos de aquel tirano cacique sumpeño. Pero la cruda realidad de aquellos tiempos cambiaría con la llegada de repente de seres gigantescos, que aparecieron entre las cristalinas y mansas aguas en balsas aparentemente provenientes desde el sur, trayendo consigo una falsa, pero ansiada esperanza de libertad, que poco a poco se fue tiñendo de sangre por lo que iba a acontecer. La tierra temblaba con cada paso de los gigantes, sus ronquidos estremecen los frondosos árboles, llegaron hambrientos y de un golpe devoraron en cuestión de minutos a animales y todo lo que encontraban a su paso. El pueblo Sumpeño vio el despertar de estos demonios más despiadados que el príncipe Otoya, quien no pudo resistir el ataque de los descomunales forasteros, muriendo tras ser amarrado a un tronco. La voracidad de los gigantes era tremenda, indiscriminada e insaciable en la tierra y en el mar, por lo que hacían sentir su autoridad malévola ante los ojos de todos los empeños. Según la leyenda, al ver los dioses de los Sumpas lo que sucedía con su pueblo y enojados por las atrocidades de los gigantes y sus actos, decidieron librar a los desdichados habitantes de la maldad, provocados por los extranjeros sobrenaturales. Los dioses de los Sumpas bajaron desde el cielo, armados de rayos y espadas de fuego en sus manos, desapareciendo uno por uno a los inmensos tiranos que cayeron doblegados sobre las fértiles tierras peninsulares.