PEDRO MARTINEZ: Lo que vi me revolvió el alma....

Lo que vi me revolvió el alma.
Mi hijo estaba en el suelo.
De rodillas.
Con la cara pegada al comedero del perro… bebiendo agua.
No jugando.
No riéndose.
En serio.
Sentí un golpe en el pecho.
— ¡ROBERTO! ¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? —grité tan fuerte que hasta yo misma me asusté.
Se volteó despacio… y me ladró.
Sí. Me ladró.
Con los ojos fijos. Con el ceño fruncido. Gruñendo como si yo fuera una intrusa en su territorio.
En ese momento no sentí rabia.
Sentí miedo.
Un miedo frío… de esos que te hacen pensar que algo se rompió y no sabes si tiene arreglo.
—Hijo… ¿estás bien? —le pregunté temblando.
No me respondió. Solo gruñía.
Y entonces lo recordé.
Los videos.
Las modas.
Las tendencias virales de jóvenes que dicen que no son humanos… que son animales.
Tragué saliva.
—Roberto… explícame qué está pasando.
Silencio.
Hasta que habló.
—Mamá… soy un perro. Desde hoy quiero que me trates como uno.
No me gritó. No se rió. No dudó.
Lo dijo convencido. Como quien revela una verdad sagrada.
En ese instante entendí algo:
Si me enojaba… lo perdía.
Si me burlaba… lo rompía.
Si lo ignoraba… lo empujaba más profundo.
Así que respiré… y decidí entrar a su juego.
— ¿Quieres que te trate como perro? Perfecto.
Minutos después dijo:
—Mami, tengo hambre.
—Claro —respondí tranquila.
Fui a la cocina. Tomé huesos sobrantes. Croquetas del perro. Se las puse en su bandeja… en el piso.
Su cara cambió.
—Mamá, esa no es mi comida.
—Claro que sí —le dije—. Los perros comen eso.
—No… yo quiero pollo, carne…
Saqué carne cruda del refrigerador. La puse frente a él.
—Aquí tienes.
Me miró indignado.
— ¡Pero cocínala!
Lo miré fijo.
—Los perros no comen cocido.
Se levantó furioso.
—Me voy a mi cuarto.
—No —respondí firme—. Los perros duermen en el patio.
Su enojo se convirtió en frustración. Apretó el celular.
—Ah, y otra cosa —le dije—. Los perros no usan teléfono.
Ahí se quebró.
— ¡YA NO QUIERO SER UN PERRO! —gritó—. Solo quería probar esa tendencia… pero no me gusta… yo no soy un perro… trátame normal.
Y en ese momento entendí que no estaba peleando contra mi hijo.
Estaba peleando contra un mundo que le está diciendo a nuestros hijos que ser ellos mismos no es suficiente.
Lo abracé.