Cada tarde, cuando el calor comenzaba a ceder y la ciudad se llenaba de motocicletas, un anciano delgado, de caminar lento y camisa impecablemente abotonada, aparecía en una esquina distinta.
Llevaba bajo el brazo algo extraño:
una pizarra pequeña.
Su nombre era Nguyen Van Minh, tenía 79 años y había sido maestro durante toda su vida.
Pero ya estaba jubilado.
Lo que no estaba jubilada era su vocación.
Minh se detenía en plazas, aceras o parques donde jugaban niños.
Apoyaba la pizarra contra un árbol o una farola.
Y escribía con tiza blanca:
“Clase gratuita. Pregunta lo que quieras.”
Al principio, los niños se acercaban riendo.
Luego empezaban las preguntas.
— ¿Cómo se escribe mi nombre en inglés?
— ¿Qué significa esta palabra?
— ¿Por qué el cielo cambia de color?
Minh respondía con paciencia infinita.
Con una sonrisa tranquila.
Como si cada duda fuese un regalo.
—Un maestro nunca deja de enseñar —decía—. Solo cambia de aula.
No cobraba.
No aceptaba dinero.
A veces, algún padre le ofrecía comida o té.
Él aceptaba solo si podían sentarse a conversar.
Un día, un estudiante universitario grabó una escena y la subió a internet.
La imagen del anciano enseñando gramática a dos niños descalzos se difundió por Vietnam.
Pronto, voluntarios jóvenes comenzaron a acompañarlo.
Traducían, llevaban cuadernos, organizaban pequeños grupos.
Sin planearlo, Minh había creado una escuela ambulante.
Cuando le preguntaron por qué lo hacía, respondió:
—Porque hay preguntas que no pueden esperar a mañana.
En 2019, su salud empezó a debilitarse.
Dejó de caminar largas distancias.
Pero algo inesperado ocurrió.
Sus antiguos alumnos —hoy maestros, ingenieros, comerciantes— comenzaron a salir con pizarras por distintos barrios de Hanoi.
Lo llamaron:
“El Aula de Minh.”
Algunos maestros enseñan materias. Otros enseñan que enseñar es una forma de seguir viviendo.
Llevaba bajo el brazo algo extraño:
una pizarra pequeña.
Su nombre era Nguyen Van Minh, tenía 79 años y había sido maestro durante toda su vida.
Pero ya estaba jubilado.
Lo que no estaba jubilada era su vocación.
Minh se detenía en plazas, aceras o parques donde jugaban niños.
Apoyaba la pizarra contra un árbol o una farola.
Y escribía con tiza blanca:
“Clase gratuita. Pregunta lo que quieras.”
Al principio, los niños se acercaban riendo.
Luego empezaban las preguntas.
— ¿Cómo se escribe mi nombre en inglés?
— ¿Qué significa esta palabra?
— ¿Por qué el cielo cambia de color?
Minh respondía con paciencia infinita.
Con una sonrisa tranquila.
Como si cada duda fuese un regalo.
—Un maestro nunca deja de enseñar —decía—. Solo cambia de aula.
No cobraba.
No aceptaba dinero.
A veces, algún padre le ofrecía comida o té.
Él aceptaba solo si podían sentarse a conversar.
Un día, un estudiante universitario grabó una escena y la subió a internet.
La imagen del anciano enseñando gramática a dos niños descalzos se difundió por Vietnam.
Pronto, voluntarios jóvenes comenzaron a acompañarlo.
Traducían, llevaban cuadernos, organizaban pequeños grupos.
Sin planearlo, Minh había creado una escuela ambulante.
Cuando le preguntaron por qué lo hacía, respondió:
—Porque hay preguntas que no pueden esperar a mañana.
En 2019, su salud empezó a debilitarse.
Dejó de caminar largas distancias.
Pero algo inesperado ocurrió.
Sus antiguos alumnos —hoy maestros, ingenieros, comerciantes— comenzaron a salir con pizarras por distintos barrios de Hanoi.
Lo llamaron:
“El Aula de Minh.”
Algunos maestros enseñan materias. Otros enseñan que enseñar es una forma de seguir viviendo.