El secreto del viejo sabio
Un joven, angustiado y con el rostro cansado, llegó hasta la cabaña de un viejo sabio que vivía en la montaña.
—Maestro —dijo el joven, dejando caer una pesada mochila al suelo—, necesito que me ayudes. Mi vida es un desastre. Mi trabajo me agobia, mi pareja no me entiende y siento que el mundo está en mi contra. He intentado solucionarlo todo, pero cuando arreglo una cosa, se rompe otra. ¡Ayúdame a que mi vida funcione!
El anciano lo miró con ternura, sonrió levemente y le hizo una pregunta inesperada:
—Dime una cosa, muchacho. Si esta noche sueñas que un tigre te persigue por la selva y sientes su aliento en tu nuca... ¿qué es lo mejor que puedes hacer?
El joven lo pensó un momento. —Supongo que correr más rápido —respondió—. O quizás trepar a un árbol alto, o encontrar un arma para defenderme.
El anciano negó con la cabeza suavemente. —Eso es lo que haces en el sueño. Pero eso solo prolonga la pesadilla. Correr te cansa, y el tigre siempre será más rápido.
—Entonces, ¿qué hago? —preguntó el joven, desconcertado.
—Simplemente, despierta.
El joven se quedó en silencio. El maestro continuó:
—Vienes aquí pidiéndome que te ayude a correr más rápido delante de tus problemas, que te ayude a "arreglar" los juguetes rotos de tu vida. Quieres que cambie el escenario de tu pesadilla para que sea más cómoda. Pero el secreto no es arreglar lo de fuera.
— ¿Y cuál es el secreto? —susurró el chico.
—Darte cuenta de que tú eres más grande que lo que te sucede. Mientras sigas dormido, creerás que tu felicidad depende de que el tigre desaparezca o de que el trabajo sea perfecto. Cuando despiertas, te das cuenta de que, aunque el tigre ruja, tú estás a salvo en tu propia cama. Despertar no cambia lo que pasa fuera, pero cambia radicalmente cómo lo vives por dentro.
El joven respiró hondo. Por primera vez en años, la mochila que traía ya no parecía pesar tanto.
—Todo está bien —concluyó el anciano—. Solo tenías una pesadilla. Es hora de abrir los ojos.
Un joven, angustiado y con el rostro cansado, llegó hasta la cabaña de un viejo sabio que vivía en la montaña.
—Maestro —dijo el joven, dejando caer una pesada mochila al suelo—, necesito que me ayudes. Mi vida es un desastre. Mi trabajo me agobia, mi pareja no me entiende y siento que el mundo está en mi contra. He intentado solucionarlo todo, pero cuando arreglo una cosa, se rompe otra. ¡Ayúdame a que mi vida funcione!
El anciano lo miró con ternura, sonrió levemente y le hizo una pregunta inesperada:
—Dime una cosa, muchacho. Si esta noche sueñas que un tigre te persigue por la selva y sientes su aliento en tu nuca... ¿qué es lo mejor que puedes hacer?
El joven lo pensó un momento. —Supongo que correr más rápido —respondió—. O quizás trepar a un árbol alto, o encontrar un arma para defenderme.
El anciano negó con la cabeza suavemente. —Eso es lo que haces en el sueño. Pero eso solo prolonga la pesadilla. Correr te cansa, y el tigre siempre será más rápido.
—Entonces, ¿qué hago? —preguntó el joven, desconcertado.
—Simplemente, despierta.
El joven se quedó en silencio. El maestro continuó:
—Vienes aquí pidiéndome que te ayude a correr más rápido delante de tus problemas, que te ayude a "arreglar" los juguetes rotos de tu vida. Quieres que cambie el escenario de tu pesadilla para que sea más cómoda. Pero el secreto no es arreglar lo de fuera.
— ¿Y cuál es el secreto? —susurró el chico.
—Darte cuenta de que tú eres más grande que lo que te sucede. Mientras sigas dormido, creerás que tu felicidad depende de que el tigre desaparezca o de que el trabajo sea perfecto. Cuando despiertas, te das cuenta de que, aunque el tigre ruja, tú estás a salvo en tu propia cama. Despertar no cambia lo que pasa fuera, pero cambia radicalmente cómo lo vives por dentro.
El joven respiró hondo. Por primera vez en años, la mochila que traía ya no parecía pesar tanto.
—Todo está bien —concluyó el anciano—. Solo tenías una pesadilla. Es hora de abrir los ojos.