PEDRO MARTINEZ: El río que cruzaba el pueblo de San Francisco ya no...

El río que cruzaba el pueblo de San Francisco ya no era río; era una herida abierta de lodo y plástico. Los viejos recordaban cuando el agua era transparente, pero los jóvenes solo conocían el olor a olvido. Hasta que un domingo, frente a la iglesia, Don Julián levantó su voz.
— ¡Ya basta! —gritó el viejo, señalando el cauce seco—. Nos estamos muriendo de sed frente a un cementerio de basura.
—Es inútil, Don Julián —respondió amargamente un joven—. Las fábricas de arriba ya lo mataron. ¿Qué podemos hacer nosotros con un par de palas?
Don Julián se acercó al muchacho y le puso una mano en el hombro. —"La tierra no se muere por la maldad de pocos, sino por el cansancio de muchos". Si el río nos dio la vida, lo mínimo que podemos hacer es devolverle el aliento.
Esa misma tarde, el diálogo se convirtió en acción.
— ¡Doña Rosa, traiga los costales! —coordinaba Julián desde la orilla. — ¡Aquí van! —respondía la mujer—. Mis hijos ya están sacando las llantas de la curva del norte.
Pasaron los meses. El pueblo entero se convirtió en una sola voluntad. — ¿Mira eso, abuelo? —preguntó un niño meses después, señalando una piedra húmeda—. ¡Está brotando agua de nuevo! —No es solo agua, hijo —susurró Don Julián con lágrimas en los ojos—. Es la dignidad que regresa a casa.
Hoy, el Río Cristal vuelve a cantar. Las garzas han regresado y el aire huele a vida. San Francisco nos enseñó que cuando un pueblo se habla con la verdad y actúa con amor, la naturaleza siempre responde con un milagro.