En 1885, el Convento de Santa Rosa de Viterbo era un laberinto de fe y silencio. Pero tras sus pesadas puertas de madera, vivía un perro llamado 'Fray', que conocía el horario de las oraciones mejor que las propias monjas y cuya vigilancia evitó un robo que habría cambiado la historia del arte en México.
"Fray" era un perro San Bernardo, enorme y de pelaje espeso, que había sido donado al convento cuando era apenas un cachorro. Las monjas de clausura, que tenían prohibido el contacto con el mundo exterior, encontraron en Fray a su único nexo con la naturaleza. El perro pasaba sus días en el patio de los naranjos, pero por las noches, se convertía en una sombra vigilante que recorría los pasillos de cantera.
Una noche de tormenta, un grupo de ladrones de arte sacro logró escalar los muros exteriores. Su objetivo era el famoso retablo de madera tallada y lámina de oro, una de las joyas más grandes del barroco mexicano. Los hombres sabían que las monjas no pondrían resistencia.
Lo que no contaban era con el instinto de Fray.
El perro no ladró de inmediato para no alertar a los intrusos y que estos huyeran antes de ser capturados. En su lugar, se apostó en la entrada de la sacristía. Cuando los ladrones intentaron abrir la puerta, se encontraron con una muralla de cien kilos de músculo y colmillos. Fray soltó un rugido profundo que vibró en las paredes de piedra, un sonido que las monjas describieron después como "el trueno de Dios".
El perro mantuvo a los tres hombres acorralados contra una pared sin morderlos, simplemente bloqueando la salida con su imponente presencia hasta que los guardias de la ciudad, alertados por las campanas que las monjas empezaron a tocar, llegaron al lugar.
Se dice que, en agradecimiento, el obispo permitió que Fray fuera el único animal en la historia de la ciudad en tener permiso oficial para entrar a las misas de gallo. Fray murió de viejo a los pies del altar mayor, y cuenta la leyenda que durante años, los sacristanes seguían escuchando sus pasos rítmicos sobre la piedra durante las noches de tormenta.
"Fray" era un perro San Bernardo, enorme y de pelaje espeso, que había sido donado al convento cuando era apenas un cachorro. Las monjas de clausura, que tenían prohibido el contacto con el mundo exterior, encontraron en Fray a su único nexo con la naturaleza. El perro pasaba sus días en el patio de los naranjos, pero por las noches, se convertía en una sombra vigilante que recorría los pasillos de cantera.
Una noche de tormenta, un grupo de ladrones de arte sacro logró escalar los muros exteriores. Su objetivo era el famoso retablo de madera tallada y lámina de oro, una de las joyas más grandes del barroco mexicano. Los hombres sabían que las monjas no pondrían resistencia.
Lo que no contaban era con el instinto de Fray.
El perro no ladró de inmediato para no alertar a los intrusos y que estos huyeran antes de ser capturados. En su lugar, se apostó en la entrada de la sacristía. Cuando los ladrones intentaron abrir la puerta, se encontraron con una muralla de cien kilos de músculo y colmillos. Fray soltó un rugido profundo que vibró en las paredes de piedra, un sonido que las monjas describieron después como "el trueno de Dios".
El perro mantuvo a los tres hombres acorralados contra una pared sin morderlos, simplemente bloqueando la salida con su imponente presencia hasta que los guardias de la ciudad, alertados por las campanas que las monjas empezaron a tocar, llegaron al lugar.
Se dice que, en agradecimiento, el obispo permitió que Fray fuera el único animal en la historia de la ciudad en tener permiso oficial para entrar a las misas de gallo. Fray murió de viejo a los pies del altar mayor, y cuenta la leyenda que durante años, los sacristanes seguían escuchando sus pasos rítmicos sobre la piedra durante las noches de tormenta.