La callejuela tenía nombre, pero nadie lo recordaba. Para todos era simplemente “el pasillo del mercado”, ese espacio estrecho donde cabía el frío, los cartones, y las historias que no entraban en los noticieros.
Allí vivía Don Laureano. Nadie sabía cuántos años tenía, pero su barba blanca le ganaba respeto entre los niños y su silencio, una especie de misterio entre los adultos. Cada mañana barría el tramo frente a su rincón con una escoba sin palo. Cada tarde, daba gracias por el trozo de pan que alguien dejaba sin firmar. Y cada noche hablaba con alguien que nadie más veía.
— ¿Es su hija? —le preguntó un niño un día, al ver que el viejo murmuraba hacia la nada.
—Es la memoria que me queda de ella —respondió sin miedo.
No hablaba de carencias, ni pedía nada. Si le ofrecían ropa, la doblaba con cuidado. Si era comida, la compartía. Y si era una historia, la escuchaba con la atención de quien ha perdido más de una vida.
Aquel 31 de diciembre, mientras el resto de la ciudad se apuraba por comprar uvas, vino y luces, Don Laureano permanecía bajo su manta gris, acurrucado contra la pared.
Nadie parecía recordar que también él existía.
Hasta que sucedió algo.
Una señora se detuvo frente a él con una olla humeante y un termo en las manos. No lo conocía, pero había pasado junto a él durante meses, observando en silencio cómo le hablaba al aire.
—Feliz fin de año, señor —dijo—. ¿Le molesta si me siento un rato?
Él asintió. La mujer sirvió un plato de sopa caliente, le ofreció pan y luego sirvió otro para ella.
—No tengo a nadie este año —confesó—. Y usted me parece el más digno de compartir una cena.
La sopa no era especial: agua, arroz, zanahoria, un poco de pollo. Pero para Don Laureano, fue un banquete. No por el sabor, sino porque alguien lo miraba a los ojos mientras comían.
—Mi hija también hablaba sola, ¿sabe? —dijo ella.
—Entonces no hablaba sola —respondió él—. A veces, la soledad es otra forma de estar acompañado.
Se quedaron ahí, hablando de cosas simples, riendo con pudor, llorando un poco. Al dar la medianoche, un vecino que los vio juntos desde su ventana bajó con turrones. Luego se sumaron dos más con sidra.
Don Laureano no lo sabía, pero esa sopa cambió el rumbo de su historia.
En las semanas siguientes, uno de los vecinos le ofreció un cuarto en la parte trasera de su casa. Otro lo llevó al médico. La mujer, que se llamaba Milagros, volvió cada semana con comida. Y un día, Don Laureano le mostró una foto arrugada.
—Esta era mi hija. Se llamaba igual que usted.
Milagros se quebró.
—Tal vez por eso lo vi. Tal vez ella me empujó.
—O tal vez —dijo él— Dios tiene sus formas de abrazarnos cuando ya no podemos solos.
Allí vivía Don Laureano. Nadie sabía cuántos años tenía, pero su barba blanca le ganaba respeto entre los niños y su silencio, una especie de misterio entre los adultos. Cada mañana barría el tramo frente a su rincón con una escoba sin palo. Cada tarde, daba gracias por el trozo de pan que alguien dejaba sin firmar. Y cada noche hablaba con alguien que nadie más veía.
— ¿Es su hija? —le preguntó un niño un día, al ver que el viejo murmuraba hacia la nada.
—Es la memoria que me queda de ella —respondió sin miedo.
No hablaba de carencias, ni pedía nada. Si le ofrecían ropa, la doblaba con cuidado. Si era comida, la compartía. Y si era una historia, la escuchaba con la atención de quien ha perdido más de una vida.
Aquel 31 de diciembre, mientras el resto de la ciudad se apuraba por comprar uvas, vino y luces, Don Laureano permanecía bajo su manta gris, acurrucado contra la pared.
Nadie parecía recordar que también él existía.
Hasta que sucedió algo.
Una señora se detuvo frente a él con una olla humeante y un termo en las manos. No lo conocía, pero había pasado junto a él durante meses, observando en silencio cómo le hablaba al aire.
—Feliz fin de año, señor —dijo—. ¿Le molesta si me siento un rato?
Él asintió. La mujer sirvió un plato de sopa caliente, le ofreció pan y luego sirvió otro para ella.
—No tengo a nadie este año —confesó—. Y usted me parece el más digno de compartir una cena.
La sopa no era especial: agua, arroz, zanahoria, un poco de pollo. Pero para Don Laureano, fue un banquete. No por el sabor, sino porque alguien lo miraba a los ojos mientras comían.
—Mi hija también hablaba sola, ¿sabe? —dijo ella.
—Entonces no hablaba sola —respondió él—. A veces, la soledad es otra forma de estar acompañado.
Se quedaron ahí, hablando de cosas simples, riendo con pudor, llorando un poco. Al dar la medianoche, un vecino que los vio juntos desde su ventana bajó con turrones. Luego se sumaron dos más con sidra.
Don Laureano no lo sabía, pero esa sopa cambió el rumbo de su historia.
En las semanas siguientes, uno de los vecinos le ofreció un cuarto en la parte trasera de su casa. Otro lo llevó al médico. La mujer, que se llamaba Milagros, volvió cada semana con comida. Y un día, Don Laureano le mostró una foto arrugada.
—Esta era mi hija. Se llamaba igual que usted.
Milagros se quebró.
—Tal vez por eso lo vi. Tal vez ella me empujó.
—O tal vez —dijo él— Dios tiene sus formas de abrazarnos cuando ya no podemos solos.