PEDRO MARTINEZ: Fez, Marruecos — 1933...

Fez, Marruecos — 1933

En la medina de Fez, el problema no era perderse. Era no chocar.
Los callejones eran tan estrechos que dos personas apenas podían cruzarse. Burros cargados, vendedores, niños corriendo. Y siempre ocurría lo mismo: en las curvas cerradas, alguien chocaba con alguien. No fuerte.
Pero lo suficiente para derramar agua, romper mercancía o terminar en una discusión.
Quien más lo veía no era un comerciante rico.
Era Youssef El Idrissi, un hombre de 60 años que afinaba cuchillos en una esquina fija, justo antes de una curva ciega. Pasaba el día girando la rueda de afilar y escuchando golpes secos seguidos de disculpas apresuradas.
Un día, mientras trabajaba, Youssef notó algo curioso. Cuando hacía girar la rueda con fuerza,
el chirrido se escuchaba antes de que alguien apareciera por la curva.
Y sin darse cuenta, la gente frenaba. No porque lo viera. Porque lo oía. Esa noche, Youssef pensó en silencio. Al amanecer siguiente, hizo algo mínimo.
Colgó una pequeña campana metálica —de las que se usaban para los burros— en la pared, justo antes de la curva. No grande. No llamativa.
La ató de forma que se moviera solo con el aire que desplazaba alguien al acercarse.
Cuando una persona venía, la campana sonaba suave. No era alarma.
Era aviso. Ese día, casi no hubo choques. La gente reducía el paso.
Se asomaba con cuidado. Sonreía al cruzarse. Los vecinos lo notaron.
— ¿Por qué esa campana? Youssef respondió:—Para que el oído mire antes que los ojos.
Otros callejones copiaron la idea. Algunos colgaron campanas. Otros trozos de metal.
Otros piezas de madera que golpeaban suavemente. No había norma. Había costumbre.
Con los años, ese gesto inspiró algo que hoy vemos en todo el mundo: avisos sonoros pasivos en zonas ciegas
(esquinas con espejos, timbres, campanillas o sonidos suaves que alertan sin asustar). Pero en Fez empezó así: con un afilador que entendió que no siempre hace falta ver el peligro…
a veces basta con oír que viene alguien. Youssef murió sin salir nunca de su esquina.
Pero su hijo recordaba una frase suya, dicha mientras giraba la rueda:
“Cuando dos caminos no se ven, hay que dejar que se escuchen.”
Y desde entonces, en muchos lugares del mundo, una campana suena antes de una curva…
para que nadie choque cuando aún hay tiempo de apartarse.