PEDRO MARTINEZ: ra martes por la tarde....

ra martes por la tarde.
Un barrio cualquiera.
Una casa más entre muchas.
Pero lo que había en la puerta no era común.
Un cartel.
Escrito a mano, con letra de niño.
“Si tus padres se pelean mucho y necesitas un sitio tranquilo, puedes venir a jugar conmigo. Tengo plastilina y agua fría.”
Era la casa de Isaac, un niño de ocho años.
No tenía redes sociales.
Ni sabía lo que era la salud mental.
Pero sabía lo que era sentirse solo mientras los adultos gritaban.
El cartel apareció después de que un compañero suyo del cole, Benjamín, le confesara llorando que no quería volver a casa.
— ¿Y por qué? —preguntó Isaac.
—Porque cuando mi papá llega, empieza la guerra. Mi mamá se pone a llorar y yo me encierro en el baño con mi hermanita. Y no quiero más.
Isaac no respondió.
Pero al día siguiente, su madre lo vio dibujando algo en una cartulina.
— ¿Qué haces?
—Una invitación. Por si alguien como Benja necesita un sitio.
La madre pensó que era cosa de niños.
Lo dejó hacer.
Pero la historia no quedó ahí.
Porque una vecina sacó una foto del cartel y la subió a su Facebook.
En dos días, la publicación había recorrido toda la ciudad.
Llegaron mensajes.
Llamadas.
Psicólogos se ofrecieron a colaborar.
Una organización propuso armar una “red de casas seguras” inspirada en la idea.
Y la escuela de Isaac abrió una nueva sala de descanso emocional…
Llamada “El rincón de Isaac”.
A veces, un cartel con plastilina y agua fría es más revolucionario que cualquier protesta.
Porque el amor no grita. Solo se ofrece.