Había una vez un hombre que, al encontrarse en sus últimos días, decidió repartir su herencia entre sus dos hijos. Uno de ellos era astuto y lleno de picardía, mientras que el otro se destacaba por su tranquilidad y humildad. El padre tenía un extenso terreno: una llanura fértil ideal para la agricultura y una montaña empedrada que parecía inútil.
Con el deseo de evitar disputas futuras, permitió que los hijos decidieran cómo dividirse la propiedad. Sin dudarlo, el hijo pícaro eligió la llanura, dejando la montaña para su hermano, quien aceptó con calma la decisión. A pesar de su decepción, el padre respetó la elección de ambos.
Pasaron los meses y el hermano astuto sembró cebollas en su terreno, obteniendo ganancias rápidas gracias a un préstamo que había solicitado. El hermano tranquilo, por su parte, se dedicó a su vida habitual, disfrutando de la naturaleza sin preocuparse por la riqueza inmediata.
Un día, unos extranjeros llegaron en busca de comprar la montaña. Habían investigado la zona y planeaban utilizar las piedras para hacer cemento. Aunque le ofrecieron una buena suma, el hermano humilde rechazó la venta, recordando que esa tierra era un legado de su padre. Sin embargo, propuso un acuerdo: cedería el permiso para utilizar la montaña a cambio de un porcentaje de las ganancias.
Tras varias rondas de negociación, ambas partes llegaron a un acuerdo beneficioso. Comenzaron a construir una fábrica de cemento en la montaña. A medida que pasaba el tiempo, el hermano pícaro criticaba constantemente a su hermano por no haber vendido el terreno, no entendiendo que su hermano había hecho una elección más sabia.
En menos de un año, la fábrica inició operaciones, y las ganancias superaban todas las expectativas. El hermano humilde, con su visión clara, pronto se convirtió en un hombre de negocios exitoso, mientras que su hermano de la llanura seguía esforzándose en el cultivo de cebollas.
Treinta años después, el hermano que parecía "tonto" se convirtió en millonario, mientras que el otro seguía cosechando cebollas sin poder lograr ganancias excesivas. ¿Justicia divina? ¿Ley de la siembra y cosecha? ¿Karma?
El hecho de querer aprovecharnos de nuestra familia no siempre es una sabía decisión, sin embargo si hubieran unido fuerzas ambos serían millonarios.
Con el deseo de evitar disputas futuras, permitió que los hijos decidieran cómo dividirse la propiedad. Sin dudarlo, el hijo pícaro eligió la llanura, dejando la montaña para su hermano, quien aceptó con calma la decisión. A pesar de su decepción, el padre respetó la elección de ambos.
Pasaron los meses y el hermano astuto sembró cebollas en su terreno, obteniendo ganancias rápidas gracias a un préstamo que había solicitado. El hermano tranquilo, por su parte, se dedicó a su vida habitual, disfrutando de la naturaleza sin preocuparse por la riqueza inmediata.
Un día, unos extranjeros llegaron en busca de comprar la montaña. Habían investigado la zona y planeaban utilizar las piedras para hacer cemento. Aunque le ofrecieron una buena suma, el hermano humilde rechazó la venta, recordando que esa tierra era un legado de su padre. Sin embargo, propuso un acuerdo: cedería el permiso para utilizar la montaña a cambio de un porcentaje de las ganancias.
Tras varias rondas de negociación, ambas partes llegaron a un acuerdo beneficioso. Comenzaron a construir una fábrica de cemento en la montaña. A medida que pasaba el tiempo, el hermano pícaro criticaba constantemente a su hermano por no haber vendido el terreno, no entendiendo que su hermano había hecho una elección más sabia.
En menos de un año, la fábrica inició operaciones, y las ganancias superaban todas las expectativas. El hermano humilde, con su visión clara, pronto se convirtió en un hombre de negocios exitoso, mientras que su hermano de la llanura seguía esforzándose en el cultivo de cebollas.
Treinta años después, el hermano que parecía "tonto" se convirtió en millonario, mientras que el otro seguía cosechando cebollas sin poder lograr ganancias excesivas. ¿Justicia divina? ¿Ley de la siembra y cosecha? ¿Karma?
El hecho de querer aprovecharnos de nuestra familia no siempre es una sabía decisión, sin embargo si hubieran unido fuerzas ambos serían millonarios.