PEDRO MARTINEZ: EL HALCÓN QUE VOLABA A DESTIEMPO...

EL HALCÓN QUE VOLABA A DESTIEMPO

En una reserva natural del norte de Perú, donde las montañas se mezclan con los cielos limpios y eternos, vivía un halcón que parecía haber olvidado su naturaleza.
Se llamaba Tuma, y había nacido en cautiverio.
Desde que abrió los ojos, vio barrotes. Desde que tuvo alas, nunca supo usarlas.
Los humanos intentaron liberarlo varias veces, pero cada vez que abrían la puerta de su jaula, Tuma simplemente no se iba. Caminaba hasta el borde, miraba el horizonte, daba dos pasos… y regresaba.
“No sabe lo que es la libertad”, murmuraban algunos.
“Se acostumbró al encierro”, decían otros.
Un día, llegó al centro una niña llamada Maribel, de apenas once años, enviada por su escuela para una semana de educación ambiental. No hablaba mucho. Tenía la costumbre de sentarse junto a la jaula de Tuma con un cuaderno en las rodillas, dibujando una y otra vez el mismo pájaro sin alas.
Pasaban los días.
Hasta que una tarde, mientras el sol se escondía tras las montañas, Maribel se puso de pie, abrió el cuaderno, lo dobló en forma de avión de papel y lo lanzó por encima de la jaula.
El avión cayó junto a Tuma, y en sus alas decía:
“Tienes todo lo que necesitas. Solo falta que lo creas.”
Nadie sabe si fue por la frase.
Nadie sabe si fue por el viento.
O por la niña.
Pero esa misma tarde, por primera vez, Tuma extendió las alas.
Tembloroso, dio un salto.
Y luego otro.
Y al tercero, voló.
No se fue muy lejos. Pero fue suficiente.
Un círculo en el cielo bastó para que todos entendieran que algo había despertado.
Desde entonces, Maribel dibujó halcones volando en todos sus cuadernos.
Y Tuma…
Tuma nunca volvió a necesitar una jaula.