PEDRO MARTINEZ: En una farmacia pequeña de un barrio popular de Oaxaca,...

En una farmacia pequeña de un barrio popular de Oaxaca, quienes trabajan detrás del mostrador ya conocen de memoria las mismas peticiones de todos los días. Personas que preguntan si pueden pagar después, si es posible llevar solo una pastilla suelta, si hay una versión más barata del medicamento. No es indiferencia lo que se respira ahí, es costumbre. La necesidad repetida termina volviéndose parte del paisaje.
Pero aquella tarde ocurrió algo distinto.
Entró una mujer mayor, de baja estatura, con la piel curtida por el sol y un rebozo oscuro sobre los hombros. Caminaba apoyándose en un bastón de madera gastado. Su ropa no era sucia ni descuidada, pero sí claramente humilde, de esas que hablan de una vida larga de trabajo silencioso. Se acercó despacio al mostrador y pidió pastillas para la presión.
La persona que la atendió le preguntó qué medicamento tomaba. La mujer respondió con dificultad, buscando el nombre exacto, explicando que en su comunidad no siempre hay médico y que ya llevaba días sin tomarlo. Contó, casi como una justificación, que había caminado desde su pueblo porque ahí no lo conseguía. No se quejaba. Solo informaba.
Cuando le dijeron el precio, la mujer bajó la mirada. No protestó. No discutió. Simplemente asintió despacio, como quien ya esperaba esa respuesta. Metió la mano en una pequeña bolsa de tela que llevaba colgada al costado y sacó con cuidado dos huevos, envueltos en un pedazo de papel.
Los colocó sobre el mostrador sin decir nada.
No los empujó con insistencia ni explicó su valor. Solo los dejó ahí, como una ofrenda tímida, con esa mezcla de vergüenza y dignidad que solo tienen quienes no están acostumbrados a pedir, pero ya no tienen otra opción. Sus manos temblaban ligeramente.
La persona que la atendía se quedó en silencio unos segundos. Entendió todo sin necesidad de preguntas. No vio pobreza como un concepto abstracto. Vio kilómetros caminados, vio presión alta sin tratar, vio a alguien que había elegido entre comer y cuidarse.
Le dijo que guardara los huevos. Que no se preocupara. Sacó la caja del medicamento y se la entregó. Luego llenó un vaso con agua y se lo acercó para que tomara la primera pastilla ahí mismo, sin apuro.
La mujer intentó negarse. Dijo que al menos dejara los huevos, que eran de sus gallinas. Insistió con voz baja. Pero le pidieron que se los llevara, que los necesitaba más en casa. Al final, los volvió a guardar en la bolsa, con un gesto lento y agradecido.
Antes de irse, dio las gracias varias veces. No exageradas, no teatrales. Agradecimientos cortos, sinceros. Se acomodó el rebozo, tomó su bastón y salió caminando despacio, perdiéndose entre la gente del barrio.
Cuando la puerta se cerró, la farmacia volvió a llenarse de ruido cotidiano. Clientes, recetas, preguntas. Pero para quien la había atendido, algo había quedado suspendido en el aire. Un nudo en la garganta que no se iba.
Porque no era solo una mujer ofreciendo huevos por medicina. Era el recordatorio brutal de que hay personas que llegan hasta el límite sin hacer ruido. Que no reclaman, no gritan, no exigen. Solo resisten. Y cuando ya no pueden más, ofrecen lo poco que tienen con una dignidad que desarma.
Esa tarde no se ganó dinero en esa venta.
Pero se sostuvo algo mucho más frágil y más importante: la humanidad.