Era mi primera semana como gerente del prestigioso Hotel Palacio. Quería que todo fuera perfecto. El piano de cola en el vestíbulo era una pieza decorativa, nadie lo tocaba. Hasta que entró él. Un hombre mayor, con la ropa sucia, barba descuidada y olor a calle. Se sentó al piano con confianza. Corrí hacia él desde la recepción. —" ¡Oiga! ¡Salga de aquí inmediatamente!", le grité, chasqueando los dedos para llamar a seguridad. " ¡Esto no es un albergue! ¡Está ensuciando el instrumento!". El hombre no se movió. Sus manos, llenas de mugre pero extrañamente elegantes, se posaron sobre las teclas. —"Solo una canción", susurró con voz ronca. "Por favor". —" ¡Ninguna canción! ¡Lárguese o llamo a la policía!", insistí, agarrándolo del brazo para levantarlo.
En ese momento, él tocó el primer acorde. Me quedé paralizado. No era una canción famosa. No era Mozart ni Beethoven. Era una melodía simple, dulce y melancólica que yo no había escuchado en 15 años. Era "Nana de Luna". Una canción que mi esposa, Elena, compuso en secreto para nuestro hijo que nunca llegó a nacer. Ella la tocaba en casa, solo para mí, antes de morir repentinamente en un accidente. Nadie más en el mundo conocía esa canción. Nunca se publicó. Nunca se grabó. Era nuestro secreto.
Solté el brazo del vagabundo. Mis piernas temblaron. El hombre siguió tocando. Cerró los ojos y se balanceaba con la música. Tocaba con una pasión y una técnica que hacían llorar al piano. Los huéspedes se detuvieron. El vestíbulo entero quedó en silencio absoluto. Cuando terminó la última nota, el hombre se quedó quieto, con las manos sobre las teclas, temblando.
Me acerqué a él, con lágrimas corriendo por mi cara. —" ¿Quién es usted?", le pregunté con un hilo de voz. " ¿Cómo conoce esa canción?". El vagabundo me miró con unos ojos azules que, de repente, me resultaron dolorosamente familiares. —"No lo sé", respondió confundido, mirando sus propias manos como si no fueran suyas. "No sé quién soy. No recuerdo mi nombre. Solo sé que... esa canción duele aquí dentro". Se tocó el pecho. Entonces vi la cicatriz en su ceja izquierda. Una cicatriz idéntica a la que tenía mi hermano mayor, Julián, que desapareció hace 20 años tras un ataque nervioso severo. Lo habíamos dado por muerto. Julián era el único otro ser humano que había escuchado a Elena componer esa canción en nuestra sala de estar, años antes de desaparecer.
Aquel vagabundo sucio al que yo estaba echando a patadas era mi hermano perdido. Su mente se había roto, había olvidado su nombre, su vida, su familia... pero la música de Elena se había quedado grabada en algún rincón indestructible de su alma, esperando el momento de traerlo de vuelta a casa.
Lo abracé ahí mismo, manchando mi traje de gerente con su polvo de años. —"Te llamas Julián", le susurré al oído. "Y acabas de volver a casa". Hoy, Julián vive conmigo. Todavía tiene días malos donde no recuerda mucho, pero cada tarde se sienta al piano y toca "Nana de Luna". Y en esos momentos, no es un vagabundo ni un enfermo; es el hermano que la música me devolvió.
En ese momento, él tocó el primer acorde. Me quedé paralizado. No era una canción famosa. No era Mozart ni Beethoven. Era una melodía simple, dulce y melancólica que yo no había escuchado en 15 años. Era "Nana de Luna". Una canción que mi esposa, Elena, compuso en secreto para nuestro hijo que nunca llegó a nacer. Ella la tocaba en casa, solo para mí, antes de morir repentinamente en un accidente. Nadie más en el mundo conocía esa canción. Nunca se publicó. Nunca se grabó. Era nuestro secreto.
Solté el brazo del vagabundo. Mis piernas temblaron. El hombre siguió tocando. Cerró los ojos y se balanceaba con la música. Tocaba con una pasión y una técnica que hacían llorar al piano. Los huéspedes se detuvieron. El vestíbulo entero quedó en silencio absoluto. Cuando terminó la última nota, el hombre se quedó quieto, con las manos sobre las teclas, temblando.
Me acerqué a él, con lágrimas corriendo por mi cara. —" ¿Quién es usted?", le pregunté con un hilo de voz. " ¿Cómo conoce esa canción?". El vagabundo me miró con unos ojos azules que, de repente, me resultaron dolorosamente familiares. —"No lo sé", respondió confundido, mirando sus propias manos como si no fueran suyas. "No sé quién soy. No recuerdo mi nombre. Solo sé que... esa canción duele aquí dentro". Se tocó el pecho. Entonces vi la cicatriz en su ceja izquierda. Una cicatriz idéntica a la que tenía mi hermano mayor, Julián, que desapareció hace 20 años tras un ataque nervioso severo. Lo habíamos dado por muerto. Julián era el único otro ser humano que había escuchado a Elena componer esa canción en nuestra sala de estar, años antes de desaparecer.
Aquel vagabundo sucio al que yo estaba echando a patadas era mi hermano perdido. Su mente se había roto, había olvidado su nombre, su vida, su familia... pero la música de Elena se había quedado grabada en algún rincón indestructible de su alma, esperando el momento de traerlo de vuelta a casa.
Lo abracé ahí mismo, manchando mi traje de gerente con su polvo de años. —"Te llamas Julián", le susurré al oído. "Y acabas de volver a casa". Hoy, Julián vive conmigo. Todavía tiene días malos donde no recuerda mucho, pero cada tarde se sienta al piano y toca "Nana de Luna". Y en esos momentos, no es un vagabundo ni un enfermo; es el hermano que la música me devolvió.