PEDRO MARTINEZ: Todos lo conocían como Janek, aunque nadie sabía su...

Todos lo conocían como Janek, aunque nadie sabía su apellido.
Vivía en la calle desde hacía más de diez años. Su ropa era una mezcla de prendas olvidadas, su barba larga parecía llevar historias, y su carrito de supermercado, lleno de objetos sin lógica aparente, parecía una versión triste de un museo callejero.
Pero lo que lo hacía único era lo que llevaba colgado al cuello:
Un nariz de payaso.
Cada martes y jueves, Janek caminaba más de cinco kilómetros hasta el Hospital Infantil de Varsovia. No entraba. No podía.
Pero se paraba frente a las ventanas de oncología pediátrica… y empezaba su show.
Con un sombrero ridículo que había encontrado en la basura, se ponía a hacer muecas, bailes, trucos torpes, y hasta malabares con botellas vacías.
A veces cantaba.
O simulaba ser una gallina.
Los niños reían desde las ventanas. Algunos golpeaban el cristal para saludarlo. Otros lo esperaban con dibujos.
Un médico del hospital le preguntó una vez por qué lo hacía.
Janek respondió sin dudar:
—Porque yo perdí mi infancia… pero no quiero que ellos pierdan la suya.
Lo increíble era que no pedía nada.
No aceptaba comida.
No pedía monedas.
Solo reía con ellos.
Y se marchaba.
Un día, una voluntaria decidió investigar su historia. Descubrió que Janek había sido payaso profesional en un pequeño circo, hasta que un incendio le quitó todo. Su casa, su empleo… y a su hija.
Desde entonces, había decidido no volver a vivir bajo un techo.
Pero sí seguir siendo payaso.
Un día de enero, nevaba. Y Janek no apareció.
Los niños lo esperaron, con sus narices de papel puestas.
Días después, un enfermero encontró su carrito abandonado…
y una carta dentro:
“Gracias por regalarme una razón para seguir siendo padre.”
A veces, quien menos tiene… es quien más da.