EL ZAPATERO QUE NO MIRABA LOS PIES
En un callejón de Fez, Marruecos, donde el cuero huele a siglos y las suelas se cosen con paciencia de abuelo, trabajaba Abdel, un zapatero ciego.
Perdió la vista a los 12 años, en un accidente con fuego y aceite. Desde entonces, aprendió a caminar con oído, a orientarse por los olores y a distinguir a las personas por el sonido de sus pasos.
Pero lo que más impresionaba de él no era eso.
Era que arreglaba zapatos sin verlos… y sin equivocarse nunca.
Al principio, nadie confiaba en él. ¿Quién dejaría sus sandalias en manos de un ciego?
Pero un día, una mujer muy pobre llegó con los zapatos rotos de su hijo.
—Son sus únicos. No tengo con qué pagar, pero si los arregla, puede quedarse con el pan que me sobra.
Abdel no lo dudó. Tomó los zapatos, los acarició, los olfateó, y dijo:
—Este niño corre mucho, ¿verdad? Pisa más fuerte con el pie izquierdo.
La mujer lo miró sin entender. Él sonrió:
—Lo sé por el desgaste del talón. Y porque esta parte está más caliente: eso indica tensión muscular.
Dos días después, los zapatos estaban como nuevos. La mujer, agradecida, corrió la voz.
Y así comenzó el milagro.
Abdel no sólo remendaba.
Leía a las personas por sus pisadas.
Un día, un hombre trajeado le llevó unos mocasines. Abdel tocó las suelas y preguntó:
— ¿Usted tiene miedo a caerse?
— ¿Cómo lo sabe?
—Porque arrastra los pies, como quien duda de cada paso. ¿Se cayó recientemente?
El hombre se quebró. Había tenido un infarto semanas atrás y desde entonces no se sentía seguro.
Otro día, una niña llegó con sus botas escolares. Abdel sonrió:
— ¿Tu madre está triste?
La niña asintió, sorprendida.
—Estas botas fueron compradas con prisa, sin probar bien la talla. El cuero está tenso. Las madres alegres tienen más tiempo para elegir.
Las historias se multiplicaron. Cada cliente recibía algo más que un zapato arreglado: una mirada invisible a su alma.
Abdel decía:
—Los pies dicen la verdad. La gente finge con los ojos, con la boca… pero no con los pasos.
Los voluntarios que trabajaban con él comenzaron a escribir sus frases, sus diagnósticos, sus silencios.
Hoy, esas frases se encuentran en un pequeño libro titulado “Donde pisan las almas”, publicado por una ONG local que ayuda a personas con discapacidad a encontrar empleo digno.
Abdel no lo ha leído, claro. Pero lo tiene entre sus manos.
— ¿Qué siente cuando lo toca? —le preguntó un periodista.
Y él, con voz tranquila, respondió:
—Siento que, aunque no pueda ver los rostros de mis clientes, muchos de ellos… al menos por un instante… aprendieron a verse a sí mismos.
En un callejón de Fez, Marruecos, donde el cuero huele a siglos y las suelas se cosen con paciencia de abuelo, trabajaba Abdel, un zapatero ciego.
Perdió la vista a los 12 años, en un accidente con fuego y aceite. Desde entonces, aprendió a caminar con oído, a orientarse por los olores y a distinguir a las personas por el sonido de sus pasos.
Pero lo que más impresionaba de él no era eso.
Era que arreglaba zapatos sin verlos… y sin equivocarse nunca.
Al principio, nadie confiaba en él. ¿Quién dejaría sus sandalias en manos de un ciego?
Pero un día, una mujer muy pobre llegó con los zapatos rotos de su hijo.
—Son sus únicos. No tengo con qué pagar, pero si los arregla, puede quedarse con el pan que me sobra.
Abdel no lo dudó. Tomó los zapatos, los acarició, los olfateó, y dijo:
—Este niño corre mucho, ¿verdad? Pisa más fuerte con el pie izquierdo.
La mujer lo miró sin entender. Él sonrió:
—Lo sé por el desgaste del talón. Y porque esta parte está más caliente: eso indica tensión muscular.
Dos días después, los zapatos estaban como nuevos. La mujer, agradecida, corrió la voz.
Y así comenzó el milagro.
Abdel no sólo remendaba.
Leía a las personas por sus pisadas.
Un día, un hombre trajeado le llevó unos mocasines. Abdel tocó las suelas y preguntó:
— ¿Usted tiene miedo a caerse?
— ¿Cómo lo sabe?
—Porque arrastra los pies, como quien duda de cada paso. ¿Se cayó recientemente?
El hombre se quebró. Había tenido un infarto semanas atrás y desde entonces no se sentía seguro.
Otro día, una niña llegó con sus botas escolares. Abdel sonrió:
— ¿Tu madre está triste?
La niña asintió, sorprendida.
—Estas botas fueron compradas con prisa, sin probar bien la talla. El cuero está tenso. Las madres alegres tienen más tiempo para elegir.
Las historias se multiplicaron. Cada cliente recibía algo más que un zapato arreglado: una mirada invisible a su alma.
Abdel decía:
—Los pies dicen la verdad. La gente finge con los ojos, con la boca… pero no con los pasos.
Los voluntarios que trabajaban con él comenzaron a escribir sus frases, sus diagnósticos, sus silencios.
Hoy, esas frases se encuentran en un pequeño libro titulado “Donde pisan las almas”, publicado por una ONG local que ayuda a personas con discapacidad a encontrar empleo digno.
Abdel no lo ha leído, claro. Pero lo tiene entre sus manos.
— ¿Qué siente cuando lo toca? —le preguntó un periodista.
Y él, con voz tranquila, respondió:
—Siento que, aunque no pueda ver los rostros de mis clientes, muchos de ellos… al menos por un instante… aprendieron a verse a sí mismos.