PEDRO MARTINEZ: — ¿Y tú por qué llegas tarde, otra vez?...

— ¿Y tú por qué llegas tarde, otra vez?
La pregunta sonó más dura por el eco del aula vacía. El profesor Álvarez, con sus lentes torcidos y su cuaderno manchado de tinta, miraba a Ignacio con gesto severo. El chico, de unos quince años, tenía el uniforme arrugado, las manos sucias de tierra y los ojos bajos.
—Perdón, profe. Es que…
— ¡Siempre hay un “es que”! —interrumpió el hombre, cansado.
Ignacio no respondió. Solo se quedó allí, en la puerta, con los dedos cerrados en puño. En el fondo del aula, una niña soltó una risita.
—Déjalo, profe. ¡Seguro se le olvidó que hoy no había que ordeñar vacas!
Las carcajadas estallaron. Ignacio no dijo nada. Caminó hasta su pupitre y se sentó, como quien se acostumbra a perder antes de jugar.
Pero el profesor notó algo. La mochila del muchacho estaba rota, remendada con alambre. Y algo sobresalía de un lado: un reloj de madera. Hecho a mano.
— ¿Qué es eso, Ignacio?
El chico dudó. Luego, con cuidado, sacó el objeto y lo dejó sobre el escritorio del profesor.
—Lo hice yo.
Álvarez lo examinó. Era rústico, pero funcional. Las manecillas giraban. El número 12 estaba tallado con más detalle. Incluso sonaba el “tic tac”.
— ¿Dónde aprendiste?
—De ver a mi abuelo. Antes, él hacía relojes de madera. Pero ya no ve bien. Ahora lo ayudo yo en todo.
— ¿Y por eso llegas tarde?
Ignacio lo miró con dignidad contenida.
—Sí, profe. Me levanto a las 4. Doy de comer a los animales, llevo a mi hermana al colegio, cuido a mi abuelo un rato… y si me da tiempo, vengo.
Hubo un silencio espeso.
— ¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque a nadie le importa.
El profesor tragó saliva. Los alumnos también callaron.
—Ignacio… ¿sabes que ese reloj que hiciste vale más que muchas notas?
El chico se encogió de hombros.
—A veces, pienso que si no tengo las mejores notas, no sirvo.
— ¿Quién te dijo eso?
—Todo el mundo.
El profesor caminó hacia él. Le puso la mano en el hombro.
—Ignacio… hay muchos relojes que dan la hora, pero muy pocos que cuenten historias. Y el tuyo la cuenta.
La clase entera enmudeció.
—A partir de ahora, los lunes, a primera hora, quiero que nos cuentes cómo haces tus relojes. Quiero que aprendas, pero también que enseñes.
— ¿A mí?
—Sí. Porque tú entiendes de algo que esta escuela ha olvidado: el valor del tiempo… y del trabajo silencioso.
Ignacio, por primera vez en mucho tiempo, sonrió.
Aquella mañana, cuando sonó el timbre, nadie se levantó. Todos querían ver el reloj. Tocarlo. Entenderlo. Y por primera vez, las manecillas no eran solo eso: eran la prueba de que hasta el más invisible tiene algo que mostrar.