En un rancho de Coahuila, donde el horizonte es ancho y la tierra se tiñe de rojo al atardecer, vivía Diego López Ramírez, un niño de 9 años.
Cada mañana, Diego caminaba solo hasta la escuela rural.
Eran dos kilómetros por un camino polvoso, entre mezquites y piedras, con el sol todavía bajo pero el calor anunciándose desde temprano.
Una mañana, algo fuera de lo normal ocurrió.
Desde el monte, apareció un canguro.
Grande, de pelaje color arena, con las orejas erguidas y la mirada suave.
Había escapado meses atrás de un rancho que criaba animales exóticos para turistas, pero nadie volvió a saber de él.
Nadie… excepto Diego.
El canguro lo esperaba cada día en el mismo punto del camino.
Saltaba despacio a su lado, como escoltándolo.
Si un perro ladraba desde una cerca, el canguro se quedaba firme.
Si un coche pasaba rápido levantando polvo, el canguro se adelantaba, como queriendo protegerlo.
Cuando llegaban a la escuela, el canguro se detenía en un árbol a la orilla del patio y esperaba allí, sin hacer ruido.
Al salir de clases, Diego lo encontraba otra vez, y juntos regresaban por el mismo camino.
Nunca nadie en el pueblo entendió por qué el canguro solo seguía a Diego.
La maestra preguntó:
— ¿Por qué tú, Diego?
Y él respondió:
—No sé… quizá sabe que yo también necesito a alguien que me cuide.
Un día, el canguro ya no apareció.
Pero Diego siguió yendo a la escuela sin miedo.
Porque había aprendido algo que no se olvida:
Hay guardianes que nadie espera.
Y no vienen del cielo…
Vienen del monte, sin explicación, cuando más los necesitas.
Cada mañana, Diego caminaba solo hasta la escuela rural.
Eran dos kilómetros por un camino polvoso, entre mezquites y piedras, con el sol todavía bajo pero el calor anunciándose desde temprano.
Una mañana, algo fuera de lo normal ocurrió.
Desde el monte, apareció un canguro.
Grande, de pelaje color arena, con las orejas erguidas y la mirada suave.
Había escapado meses atrás de un rancho que criaba animales exóticos para turistas, pero nadie volvió a saber de él.
Nadie… excepto Diego.
El canguro lo esperaba cada día en el mismo punto del camino.
Saltaba despacio a su lado, como escoltándolo.
Si un perro ladraba desde una cerca, el canguro se quedaba firme.
Si un coche pasaba rápido levantando polvo, el canguro se adelantaba, como queriendo protegerlo.
Cuando llegaban a la escuela, el canguro se detenía en un árbol a la orilla del patio y esperaba allí, sin hacer ruido.
Al salir de clases, Diego lo encontraba otra vez, y juntos regresaban por el mismo camino.
Nunca nadie en el pueblo entendió por qué el canguro solo seguía a Diego.
La maestra preguntó:
— ¿Por qué tú, Diego?
Y él respondió:
—No sé… quizá sabe que yo también necesito a alguien que me cuide.
Un día, el canguro ya no apareció.
Pero Diego siguió yendo a la escuela sin miedo.
Porque había aprendido algo que no se olvida:
Hay guardianes que nadie espera.
Y no vienen del cielo…
Vienen del monte, sin explicación, cuando más los necesitas.