LO IMPORTANTE
Cuenta la leyenda que una madre, con su hijo en brazos, llegó a la montaña. El camino desembocaba en una cueva misteriosa, que estaba o había sido habitada. Una puerta giratoria cerraba el paso. A aquella hora estaba entreabierta. La madre empujó y vio que en el suelo había montones de monedas de oro que brillaban. Rápidamente dejó el niño en el suelo, se abalanzó sobre el oro y comenzó a llenar las manos, los bolsillos y la falda.
Una voz se dejaba sentir: «No olvides lo más precioso».
Pero la madre no tenía tiempo para escuchar. Y teniendo miedo de que la puerta se cerrara salió cargada de oro. La misma voz se dejaba oír: «No olvides lo más precioso».
Luego volveré -pensó- cuando haya ocultado entre los árboles y malezas este tesoro.
Cuando volvió, vio que la puerta estaba totalmente cerrada. Se abalanzó sobre ella, empujó, arañó. La puerta no se abría. Dentro lloraba el niño. Aquella mujer había perdido el mejor tesoro de una madre: el hijo.
Cuenta la leyenda que una madre, con su hijo en brazos, llegó a la montaña. El camino desembocaba en una cueva misteriosa, que estaba o había sido habitada. Una puerta giratoria cerraba el paso. A aquella hora estaba entreabierta. La madre empujó y vio que en el suelo había montones de monedas de oro que brillaban. Rápidamente dejó el niño en el suelo, se abalanzó sobre el oro y comenzó a llenar las manos, los bolsillos y la falda.
Una voz se dejaba sentir: «No olvides lo más precioso».
Pero la madre no tenía tiempo para escuchar. Y teniendo miedo de que la puerta se cerrara salió cargada de oro. La misma voz se dejaba oír: «No olvides lo más precioso».
Luego volveré -pensó- cuando haya ocultado entre los árboles y malezas este tesoro.
Cuando volvió, vio que la puerta estaba totalmente cerrada. Se abalanzó sobre ella, empujó, arañó. La puerta no se abría. Dentro lloraba el niño. Aquella mujer había perdido el mejor tesoro de una madre: el hijo.