Era mi primera semana como gerente del prestigioso HotelPalacio. Quería que todo fuera perfecto. El piano de cola en el vestíbulo era una pieza decorativa, nadie lo tocaba. Hasta que entró él. Un hombre mayor, con la ropa sucia, barba descuidada y olor a calle. Se sentó al piano con confianza. Corrí hacia él desde la recepción. —" ¡Oiga! ¡Salga de aquí inmediatamente!", le grité, chasqueando los dedos para llamar a seguridad. " ¡Esto no es un albergue! ¡Está ensuciando el instrumento!". El hombre... Lo que los demás piensen de ti... es su realidad, no la tuya. La cura para todo es el agua salada: sudor, lágrimas... o el mar. — ¿Y tú qué quieres ser, Ju-Yung? —me preguntó mi padre mientras cargábamos un saco de arroz entre los dos.
—No lo sé —le dije—, pero no esto.
Nací en Asan, una aldea tan pobre que la tierra parecía prestada. Éramos tantos en casa que si uno lloraba, otro tenía que esperar su turno. Comíamos una vez al día. A veces menos. Mi madre cocinaba lo poco que teníamos en una olla que ya no tenía tapa, y mi padre repetía que la tierra era lo único seguro en esta vida.
Pero yo no quería tierra. Ni arroz.... Hay algo que Dios ha hecho mal. A todo le puso límites menos a la tontería.