Plaza de la Santa Cruz al fondo correos, PEDRO MARTINEZ

(Diciembre de 2020)
La callejuela tenía nombre, pero nadie lo recordaba. Para todos era simplemente “el pasillo del mercado”, ese espacio estrecho donde cabía el frío, los cartones, y las historias que no entraban en los noticieros.
Allí vivía Don Laureano. Nadie sabía cuántos años tenía, pero su barba blanca le ganaba respeto entre los niños y su silencio, una especie de misterio entre los adultos. Cada mañana barría el tramo frente a su rincón con una escoba sin palo. Cada tarde, daba gracias por el trozo de pan...
Me llamo Darío Calderón, y durante años fui el chico que nadie quería enfrentar en el colegio. No porque fuera fuerte… sino porque era cruel. Yo lo tenía todo: ropa de marca, reloj caro, chofer privado, viajes de fin de semana y una casa enorme que por dentro sonaba hueca. Mi padre era empresario, siempre en reuniones. Mi madre, dueña de varios centros de estética, vivía de fiesta en fiesta. Yo crecí creyendo que el mundo era mío… y que las personas eran objetos.
Mi diversión favorita era humillar...
La flor que florece en la adversidad es la más rara y más bella de todas.
En este mundo de exilio, siempre hay un rayo que ilumina la prisión.
Nunca te calles lo que sientes para luego llorarlo sobre una sepultura. En vida ama y en vida demuéstralo..