En el valle de los vientos, donde las nubes se enredan en las cumbres como lana descuidada, Nora se sentía atrapada. Las paredes de su casa, antes refugio, ahora le parecían fronteras. El mundo se había detenido, y con él, su sentido de dirección.
Se sentó a los pies de su abuela, Clara, una mujer cuya piel parecía haber sido tallada por el mismo viento que soplaba afuera. Clara no miraba las noticias; miraba el polvo bailando en un rayo de sol.
—Abuela, ¿cómo se vive este encierro sin volverse... Para qué pelear por tonterías, si podemos sonreír por estupideces.! Usa tu sonrisa para cambiar el mundo y no dejes que el mundo cambie tu sonrisa.