En un pequeño
pueblo pesquero de la costa de Cornualles, el Viernes 13 era un día de persianas cerradas y
barcos amarrados. La superstición pesaba más que el plomo. Sin embargo, en lo alto del
acantilado, la luz del
faro de Samuel brillaba con más fuerza que nunca.
A sus 79 años, Samuel, un antiguo capitán de marina con una pierna de madera y mil historias en la piel, abría las
puertas de su taberna, "El Ancla de Oro", solo en los días de mala suerte.
—Samuel, es buscarse problemas —le decía Thomas,
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