Era
invierno en
Madrid, de esos
inviernos que calan los huesos. Yo volvía del trabajo cansado, arrastrando los pies por la
estación de Atocha. Entre el bullicio vi a un hombre sentado en un
rincón, cubierto apenas con una manta rota. Tendría poco más de cincuenta años, pero la
calle lo había envejecido. Me llamó la atención que tiritaba sin parar.
Seguí de largo. Mi cabeza murmuraba: “No puedes ayudar a todos, ya tienes bastante con lo tuyo”. Pero al dar dos pasos más recordé que en mi mochila llevaba
... (ver texto completo)