Baghdad, Iraq — 23 de abril. El sol de la tarde caía como plomo derretido sobre la calle Mutanabbi, el corazón palpitante de los libreros de Baghdad, donde el aroma a tinta vieja y papel secado al sol se mezclaba con el olor del té con cardamomo. Malik, un hombre de setenta años con manos curtidas por miles de páginas y una barba canosa que parecía hecha de hilos de plata, permanecía sentado en un taburete frente a su pequeña librería. A sus pies, Azafrán, un perro callejero de color canela que había ... (ver texto completo)
