ra martes por la tarde.
Un barrio cualquiera.
Una casa más entre muchas.
Pero lo que había en la puerta no era común.
Un cartel.
Escrito a mano, con letra de niño.
“Si tus padres se pelean mucho y necesitas un sitio tranquilo, puedes venir a jugar conmigo. Tengo plastilina y agua fría.”
Era la casa de Isaac, un niño de ocho años.
No tenía redes sociales.
Ni sabía lo que era la salud mental. ... (ver texto completo)
Un barrio cualquiera.
Una casa más entre muchas.
Pero lo que había en la puerta no era común.
Un cartel.
Escrito a mano, con letra de niño.
“Si tus padres se pelean mucho y necesitas un sitio tranquilo, puedes venir a jugar conmigo. Tengo plastilina y agua fría.”
Era la casa de Isaac, un niño de ocho años.
No tenía redes sociales.
Ni sabía lo que era la salud mental. ... (ver texto completo)
