En una
estación de
tren de Tokio había algo que nadie soportaba: las caídas en las
escaleras mecánicas. No eran accidentes espectaculares. Eran discretos… pero constantes.
Personas mayores que perdían el equilibrio. Niños que resbalaban. Maletas que se deslizaban hacia atrás.
El responsable de mantenimiento se llamaba Hiroshi Tanaka.
No era ingeniero jefe. No diseñaba máquinas. Su trabajo era simple: Mirar. Escuchar. Anotar incidentes. Y cada tarde, anotaba lo mismo: “Persona cae al mirar hacia
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