Erase una vez un hombre que vivía muy cerca de un importante cruce de
caminos.
Cada día, nada más salir el sol, se acercaba al cruce para instalar su pequeño puesto ambulante de bocadillos, que el mismo reparaba y horneaba en su
horno de leña.
Este hombre, que no podía ver ni escuchar bien, era conocido en toda la región por sus exquisitos bocadillos, a los que dedicaba todo su tiempo, ya que ni veía la televisión, ni podía leer el diario…
La gente estaba tan contenta que cada día le compraba
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