Era un mediodía caluroso y seco. Dos cuervos caminaban por un
campo desierto, con las alas algo caídas y el pico entreabierto. El sol caía con fuerza sobre ellos, y el calor empezaba a hacer mella en su ánimo.
—No puedo más… —dijo el primer cuervo, jadeando mientras avanzaba—. Te juro que me estoy deshidratando. Si no bebo algo pronto…
— ¡Mira allá! —interrumpió el segundo cuervo con entusiasmo—. ¡Una jarra! Tal vez tenga
agua.
Con las pocas fuerzas que les quedaban, batieron las alas y volaron
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