Amando Marchal Santiago
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LAS SEÑALES DE LA NATURALEZA
Una de las cosas que recuerdo con cariño del mundo rural son "las señales".
Estos fenómenos, están basados en la observación a lo largo de años así como, de la transmisión oral de los mayores. Es probable que no todas estas señales estén basadas en razonamientos lógicos, o sí, aunque resulte difícil de explicar.
Me acuerdo que una vez me comentaba mi padre que cuando estaba con la yunta de mulos arando, si los animales se paraban a orinar con una frecuencia fuera de lo normal eso era señal de agua. Y para remachar aquella teoría siempre recurría a una experiencia propia.
Me comentaba que en una ocasión que él estaba arando, un mulo conforme iban andando en la besana tirando del arado, se paró en el mismo surco antes de volver no una, ni dos, sino tres veces a orinar. Según contaba mi padre, no tuvo que pasar muchos minutos y el cielo empezó a descargar una tormenta muy importante.
¿Puede tener una explicación?
Sorprendentemente, sí podría tenerla, aunque probablemente no en los términos en que él la entendía.
Hoy sabemos que muchos animales perciben cambios atmosféricos antes que nosotros:
- Descensos bruscos de la presión atmosférica, que preceden a muchas tormentas.
- Cambios en la humedad del aire.
- Variaciones del campo eléctrico antes de una tormenta.
- Incluso sonidos de muy baja frecuencia (infrasonidos) producidos por tormentas lejanas, imperceptibles para el oído humano.
Está bien documentado que aves, vacas, caballos, perros e incluso insectos modifican su comportamiento antes de cambios meteorológicos importantes. No porque "adivinen" el futuro, sino porque perciben señales físicas que nosotros apenas detectamos.
Ahora bien, lo específico de los mulos orinando con frecuencia no está demostrado como un indicador fiable de lluvia. No existe evidencia científica sólida que establezca esa relación. Pero eso no significa que el fenómeno sea absurdo.
Podría ocurrir que:
El animal estuviera inquieto por el cambio ambiental, ese nerviosismo alterara su comportamiento, una mayor excitación fisiológica favoreciera micciones repetidas.
O podría tratarse simplemente de una coincidencia memorable. La memoria humana tiene una gran capacidad para conservar las historias que aciertan y olvidar las que no. Sin embargo, eso no invalida el valor de la observación original. Al fin y al cabo, muchas prácticas agrícolas nacieron exactamente así: observando regularidades antes de saber explicarlas.
Lo interesante no es si siempre funcionaba. Lo verdaderamente importante es otra cosa. En el mundo rural, la gente vivía completamente pendiente del tiempo.
Hoy miramos una aplicación del móvil.
Mi padre miraba:
- El color del cielo;
- El vuelo de las golondrinas;
- El olor de la tierra;
- La dirección del humo;
- Las hormigas;
- Las nubes sobre la sierra;
- El comportamiento de los mulos.
Todo formaba parte del mismo lenguaje.
Era un inmenso sistema de señales. Ninguna era infalible.
Pero todas juntas ayudaban a tomar decisiones. Las señales eran una conversación con la naturaleza.
Esa es quizá la idea más bonita.
El campesino no se sentía separado de la naturaleza. Vivía dentro de ella. No decía:
"Va a llover porque lo dice el satélite."
Decía:
"Las golondrinas vuelan bajas."
"Las hormigas están tapando los hormigueros."
"El aire huele distinto."
"Los mulos están raros."
Era otra forma de leer el paisaje. Una sabiduría humilde.
Hay algo muy hermoso en estas señales.
Nunca se afirmaban como una verdad absoluta.
Se decían con prudencia.
"Eso es señal de agua."
"No me gusta ese cielo."
"Hoy los animales vienen inquietos."
"No sé... pero algo va a cambiar."
Era un conocimiento lleno de matices. Un patrimonio que casi se ha perdido. Lo triste es que estas observaciones rara vez se escribían.
Pasaban de abuelo a padre. De padre a hijo. En mitad del trabajo.
Mientras se podaba. Mientras se araba. Mientras se segaba. Si se rompía esa cadena... desaparecían.
Y con ellas, una manera de mirar el mundo.
Mi padre, como tantas personas del campo, no sabía leer mapas del tiempo. Tampoco los necesitaba. Le bastaba con mirar a los mulos. Una mañana, mientras abría un surco tras otro, uno de ellos se detuvo a orinar. Siguieron unos metros y volvió a hacerlo. Poco después, una tercera vez. Mi padre dejó el arado, levantó la vista y dijo sin darle mayor importancia: «Hoy nos mojamos».
No habían pasado muchos minutos cuando el cielo se vino abajo. Durante años pensé que aquello era una exageración de las que adornan los recuerdos. Con el tiempo comprendí que no pretendía explicarme un milagro. Solo quería enseñarme que el campo habla, pero habla despacio, y que para entenderlo hay que pasar media vida escuchándolo.
Al hilo de estos recuerdos me resulta casi imposible no reconstruir frases hechas que acuden a mi memoria:
- Cuando las golondrinas vuelan bajo.
- Cuando el humo no sube.
- Cuando las hormigas cierran el hormiguero.
- Cuando las ovejas se agrupan.
- Cuando el mochuelo cambia de sitio.
- Cuando el perro no quiere salir.
- Cuando el rocío tarda en levantarse.
- Cuando los mulos se paran a orinar.
- Cuando la ceniza se pega a la paleta del brasero.
No como un catálogo de certezas, sino como un inventario de una inteligencia construida con paciencia.
Hay una diferencia importante entre conocimiento y explicación
Quizá esa sea la enseñanza más valiosa. Nuestros mayores sabían muchas cosas antes de poder explicarlas. La ciencia moderna suele recorrer el camino inverso: primero busca la explicación y luego comprueba si el conocimiento era correcto. El mundo rural hacía lo contrario: observaba durante décadas, descartaba lo que no funcionaba con frecuencia suficiente y conservaba lo que, sin ser infalible, resultaba útil.
Eso exige una enorme disciplina de observación. No es casual que muchos campesinos fueran capaces de distinguir decenas de tipos de nubes, reconocer el viento por su olor o prever un cambio de tiempo con varias horas de antelación. No era magia: era experiencia acumulada.
Y, sin embargo, también había un componente poético. Las señales no eran solo herramientas; eran una forma de sentirse unido a la tierra. Cuando un anciano decía: «Las mulas saben algo», no estaba atribuyendo poderes sobrenaturales al animal. Estaba reconociendo, con una humildad que hoy a veces hemos perdido, que el ser humano no es el único que lee el mundo y que, en ocasiones, conviene prestar atención a quienes llevan millones de años haciéndolo sin necesidad de palabras.
Esa es, quizá, la mayor herencia de la sabiduría popular: no tanto enseñarnos a predecir la lluvia como recordarnos que la naturaleza siempre está hablando. La cuestión es si todavía sabemos escucharla. Nuestros mayores si que lo hacían. Ver menos ... (ver texto completo)
n 1993, Stjepan Vokić, un conserje de escuela en Brodski Varoš, un pequeño pueblo del este de Croacia, encontró a una cigüeña blanca herida a la orilla del río. Un disparo de cazador le había destrozado el ala. Ya nunca podría volar.
La llamó Malena.
Mientras las demás cigüeñas migraban cada otoño hacia África, ella se quedaba. Vokić le construyó un nido en el techo de su casa, la abrigaba durante los duros inviernos, y le llevaba pescado fresco cada día. Año tras año.
En 2001 llegó Klepetan.
Un ... (ver texto completo)
Hoy me compartieron esta reflexión te invito a leerla.
Dice así:
"Dentro de 50 años, en ese lejano 2076, ninguno de nosotros estará aquí.
Nuestros pasos se habrán borrado de la tierra y nuestras voces se habrán apagado en el viento.
Personas que jamás conoceremos vivirán en nuestras casas, usarán nuestras cosas, y ni siquiera imaginarán que un día reímos, lloramos o soñamos entre esas paredes.
Seremos apenas un nombre perdido en la memoria de quienes nos amaron… y luego, incluso ese nombre ... (ver texto completo)
Un perro cayó en una trampa en medio del bosque. De repente, una manada de lobos lo rodeó por completo: hambrientos, salvajes y listos para hacerlo pedazos. Ya le estaban enseñando los colmillos cuando el perro, tragando saliva, tomó la palabra:
— ¡Espérense! ¡No me maten! Les puedo ser de mucha utilidad. Yo me sé los caminos más cortos para llegar a los rebaños, les puedo ayudar a acorralar las presas. Vamos a chambear juntos en las cacerías.
Los lobos se sacaron de onda; normalmente la comida ... (ver texto completo)
Hola Juan, yo soy Sanchez Sánchez, pero no soy hermano de tu bisabuelo, pero seguro que tenemos rama en común, h José Sanchez Sánchez está enterado en Gorafe, la lápida está borrosa pero tenia 45 años, que sepa tenia otro hermano Manuel que falleció a los 89 años, eran hijos de María Sanchez Casas que falleció a los 72 años hermana de Filomena Sánchez Casas, de Manuel mi bisabuelo por parte de madre y de José mi tatarabuelo por parte de mi padre, dudoso un Fandila Sanchez Casas, por nombre y apellido, ... (ver texto completo)
Antoñita martin
Hola JUan,
Si en tus andares por la genealogía te cruzas en algún momento con el apellido Pleguezuelo/Pleguezuelos, házmelo saber, porque hubo muchos por esa zona, y creo que tengo bastantes sin localizar.
Puedes wscribirne a conxapleg@hotmail. com (recuerda que entre el punto. y el com, corrigelo antes de enviar el mensaje)
Gracias
Concha Pleguezuelo
Barcelona
Hola Juan, yo soy Sanchez Sánchez, pero no soy hermano de tu bisabuelo, pero seguro que tenemos rama en común, h José Sanchez Sánchez está enterado en Gorafe, la lápida está borrosa pero tenia 45 años, que sepa tenia otro hermano Manuel que falleció a los 89 años, eran hijos de María Sanchez Casas que falleció a los 72 años hermana de Filomena Sánchez Casas, de Manuel mi bisabuelo por parte de madre y de José mi tatarabuelo por parte de mi padre, dudoso un Fandila Sanchez Casas, por nombre y apellido, ... (ver texto completo)
Un burro fue llevado como alimento para un lobo. Pero el lobo hizo algo que nadie esperaba.
En 2007, en Patok, Albania, un lobo capturado en las montañas fue mantenido durante meses dentro de una jaula. Un día, le llevaron un burro para que sirviera como comida viva. La escena parecía tener un final inevitable: depredador, presa y encierro. Pero cuando los aldeanos volvieron, encontraron algo desconcertante. El lobo no lo había atacado. Ambos animales compartían el mismo espacio en calma.
La imagen ... (ver texto completo)
Para qué necesito libros si ya tengo oro...?
En Bagdad, cuando la ciudad era el corazón del conocimiento, vivía un joven llamado Farid, hijo de un próspero mercader.
Tenía todo lo que muchos deseaban: riqueza, contactos, comodidad.
Pero despreciaba el estudio.
Mientras otros jóvenes acudían a la Casa de la Sabiduría a aprender matemáticas, filosofía y estrategia, él decía:
—“ ¿Para qué necesito libros si ya tengo oro?”
Los años pasaron. Su padre murió. Farid heredó el negocio.
Y comenzó a ... (ver texto completo)
endió todo para poder graduar a sus hijos — veinte años después, llegaron vestidos con uniformes de pilotos y la llevaron a un lugar que ella jamás imaginó.
Doña Teresa tenía 56 años y era viuda.
Sus únicos hijos eran Marco y Paolo. Vivían en un barrio humilde a las afueras de Toluca, en el Estado de México. La casa era pequeña, de paredes sin repellar y techo de lámina, construida con años de esfuerzo junto a su esposo, quien trabajaba como albañil en obras de construcción.
Un día, todo cambió.
Su ... (ver texto completo)
En 1970, Bruce Lee estaba en la cúspide de su carrera. Físicamente imparable, mentalmente enfocado y espiritualmente en expansión. Pero ese mismo año, durante un entrenamiento intenso en su casa de Los Ángeles, un dolor agudo en la espalda lo dejó paralizado. Los médicos le diagnosticaron una lesión grave en la médula espinal y le dijeron que **nunca volvería a practicar artes marciales**.
Para alguien cuyo cuerpo era su instrumento de vida, esas palabras fueron una sentencia.
Durante meses no ... (ver texto completo)
—Algún día vamos a ser ricos…
Eso decía siempre. Pero no hacía nada para lograrlo. No trabajaba. No ayudaba. No se movía. Solo soñaba.
—Voy a ir con un sabio. Él tiene todas las respuestas.
Y se fue de camino… más por curiosidad que por verdadera convicción.
En el camino se topó con un lobo flaco, casi en los huesos.
— ¿A dónde vas?
—Con un sabio. Quiero hacerme rico.
—Entonces pregúntale por qué no engordo, aunque coma suficiente.
Siguió avanzando.
Más adelante vio un árbol con los frutos ... (ver texto completo)
Durante la clase, un estudiante me preguntó delante de todos:
Profesor, ¿su chaqueta es de marca?
Sonreí y respondí:
"No la compré el miércoles en el mercadillo. ”
En clase se hizo el silencio.
Alguien hizo una mueca:
"Yo nunca usaría algo ya usado..."
Otro añadió:
"Yo solo visto de marca. ”
Y así, sin querer, la lección de matemáticas se convirtió en una lección de vida. ... (ver texto completo)
me gusta el quita miedos
que trabajo mas duro tuvieron nuestros padres, cuanto costaba sacar adelante la familia, eran unos valientes, yo a los míos los he admirado mucho
Manuel Sola Martínez hijo de Benito Sola Domenech y María Martínez Lozano, grandes padres
Todos seremos abuelos y nos gustará con nuestra familia estar
Vivan los padres y luego abuelos
Verdad verdadera! Viv@...!