Amando Marchal Santiago
rntdospeoS0c6
n
p
h8102
o
s
70
i
a
h
.
7
j
g
8
m0i
8tm
a
6
:
l
8
3
2
0
1
10t6
e
m
hu8
u
i
i
d
cg
1
.
84
·
LAS SEÑALES DE LA NATURALEZA
Una de las cosas que recuerdo con cariño del mundo rural son "las señales".
Estos fenómenos, están basados en la observación a lo largo de años así como, de la transmisión oral de los mayores. Es probable que no todas estas señales estén basadas en razonamientos lógicos, o sí, aunque resulte difícil de explicar.
Me acuerdo que una vez me comentaba mi padre que cuando estaba con la yunta de mulos arando, si los animales se paraban a orinar con una frecuencia fuera de lo normal eso era señal de agua. Y para remachar aquella teoría siempre recurría a una experiencia propia.
Me comentaba que en una ocasión que él estaba arando, un mulo conforme iban andando en la besana tirando del arado, se paró en el mismo surco antes de volver no una, ni dos, sino tres veces a orinar. Según contaba mi padre, no tuvo que pasar muchos minutos y el cielo empezó a descargar una tormenta muy importante.
¿Puede tener una explicación?
Sorprendentemente, sí podría tenerla, aunque probablemente no en los términos en que él la entendía.
Hoy sabemos que muchos animales perciben cambios atmosféricos antes que nosotros:
- Descensos bruscos de la presión atmosférica, que preceden a muchas tormentas.
- Cambios en la humedad del aire.
- Variaciones del campo eléctrico antes de una tormenta.
- Incluso sonidos de muy baja frecuencia (infrasonidos) producidos por tormentas lejanas, imperceptibles para el oído humano.
Está bien documentado que aves, vacas, caballos, perros e incluso insectos modifican su comportamiento antes de cambios meteorológicos importantes. No porque "adivinen" el futuro, sino porque perciben señales físicas que nosotros apenas detectamos.
Ahora bien, lo específico de los mulos orinando con frecuencia no está demostrado como un indicador fiable de lluvia. No existe evidencia científica sólida que establezca esa relación. Pero eso no significa que el fenómeno sea absurdo.
Podría ocurrir que:
El animal estuviera inquieto por el cambio ambiental, ese nerviosismo alterara su comportamiento, una mayor excitación fisiológica favoreciera micciones repetidas.
O podría tratarse simplemente de una coincidencia memorable. La memoria humana tiene una gran capacidad para conservar las historias que aciertan y olvidar las que no. Sin embargo, eso no invalida el valor de la observación original. Al fin y al cabo, muchas prácticas agrícolas nacieron exactamente así: observando regularidades antes de saber explicarlas.
Lo interesante no es si siempre funcionaba. Lo verdaderamente importante es otra cosa. En el mundo rural, la gente vivía completamente pendiente del tiempo.
Hoy miramos una aplicación del móvil.
Mi padre miraba:
- El color del cielo;
- El vuelo de las golondrinas;
- El olor de la tierra;
- La dirección del humo;
- Las hormigas;
- Las nubes sobre la sierra;
- El comportamiento de los mulos.
Todo formaba parte del mismo lenguaje.
Era un inmenso sistema de señales. Ninguna era infalible.
Pero todas juntas ayudaban a tomar decisiones. Las señales eran una conversación con la naturaleza.
Esa es quizá la idea más bonita.
El campesino no se sentía separado de la naturaleza. Vivía dentro de ella. No decía:
"Va a llover porque lo dice el satélite."
Decía:
"Las golondrinas vuelan bajas."
"Las hormigas están tapando los hormigueros."
"El aire huele distinto."
"Los mulos están raros."
Era otra forma de leer el paisaje. Una sabiduría humilde.
Hay algo muy hermoso en estas señales.
Nunca se afirmaban como una verdad absoluta.
Se decían con prudencia.
"Eso es señal de agua."
"No me gusta ese cielo."
"Hoy los animales vienen inquietos."
"No sé... pero algo va a cambiar."
Era un conocimiento lleno de matices. Un patrimonio que casi se ha perdido. Lo triste es que estas observaciones rara vez se escribían.
Pasaban de abuelo a padre. De padre a hijo. En mitad del trabajo.
Mientras se podaba. Mientras se araba. Mientras se segaba. Si se rompía esa cadena... desaparecían.
Y con ellas, una manera de mirar el mundo.
Mi padre, como tantas personas del campo, no sabía leer mapas del tiempo. Tampoco los necesitaba. Le bastaba con mirar a los mulos. Una mañana, mientras abría un surco tras otro, uno de ellos se detuvo a orinar. Siguieron unos metros y volvió a hacerlo. Poco después, una tercera vez. Mi padre dejó el arado, levantó la vista y dijo sin darle mayor importancia: «Hoy nos mojamos».
No habían pasado muchos minutos cuando el cielo se vino abajo. Durante años pensé que aquello era una exageración de las que adornan los recuerdos. Con el tiempo comprendí que no pretendía explicarme un milagro. Solo quería enseñarme que el campo habla, pero habla despacio, y que para entenderlo hay que pasar media vida escuchándolo.
Al hilo de estos recuerdos me resulta casi imposible no reconstruir frases hechas que acuden a mi memoria:
- Cuando las golondrinas vuelan bajo.
- Cuando el humo no sube.
- Cuando las hormigas cierran el hormiguero.
- Cuando las ovejas se agrupan.
- Cuando el mochuelo cambia de sitio.
- Cuando el perro no quiere salir.
- Cuando el rocío tarda en levantarse.
- Cuando los mulos se paran a orinar.
- Cuando la ceniza se pega a la paleta del brasero.
No como un catálogo de certezas, sino como un inventario de una inteligencia construida con paciencia.
Hay una diferencia importante entre conocimiento y explicación
Quizá esa sea la enseñanza más valiosa. Nuestros mayores sabían muchas cosas antes de poder explicarlas. La ciencia moderna suele recorrer el camino inverso: primero busca la explicación y luego comprueba si el conocimiento era correcto. El mundo rural hacía lo contrario: observaba durante décadas, descartaba lo que no funcionaba con frecuencia suficiente y conservaba lo que, sin ser infalible, resultaba útil.
Eso exige una enorme disciplina de observación. No es casual que muchos campesinos fueran capaces de distinguir decenas de tipos de nubes, reconocer el viento por su olor o prever un cambio de tiempo con varias horas de antelación. No era magia: era experiencia acumulada.
Y, sin embargo, también había un componente poético. Las señales no eran solo herramientas; eran una forma de sentirse unido a la tierra. Cuando un anciano decía: «Las mulas saben algo», no estaba atribuyendo poderes sobrenaturales al animal. Estaba reconociendo, con una humildad que hoy a veces hemos perdido, que el ser humano no es el único que lee el mundo y que, en ocasiones, conviene prestar atención a quienes llevan millones de años haciéndolo sin necesidad de palabras.
Esa es, quizá, la mayor herencia de la sabiduría popular: no tanto enseñarnos a predecir la lluvia como recordarnos que la naturaleza siempre está hablando. La cuestión es si todavía sabemos escucharla. Nuestros mayores si que lo hacían. Ver menos ... (ver texto completo)
rntdospeoS0c6
n
p
h8102
o
s
70
i
a
h
.
7
j
g
8
m0i
8tm
a
6
:
l
8
3
2
0
1
10t6
e
m
hu8
u
i
i
d
cg
1
.
84
·
LAS SEÑALES DE LA NATURALEZA
Una de las cosas que recuerdo con cariño del mundo rural son "las señales".
Estos fenómenos, están basados en la observación a lo largo de años así como, de la transmisión oral de los mayores. Es probable que no todas estas señales estén basadas en razonamientos lógicos, o sí, aunque resulte difícil de explicar.
Me acuerdo que una vez me comentaba mi padre que cuando estaba con la yunta de mulos arando, si los animales se paraban a orinar con una frecuencia fuera de lo normal eso era señal de agua. Y para remachar aquella teoría siempre recurría a una experiencia propia.
Me comentaba que en una ocasión que él estaba arando, un mulo conforme iban andando en la besana tirando del arado, se paró en el mismo surco antes de volver no una, ni dos, sino tres veces a orinar. Según contaba mi padre, no tuvo que pasar muchos minutos y el cielo empezó a descargar una tormenta muy importante.
¿Puede tener una explicación?
Sorprendentemente, sí podría tenerla, aunque probablemente no en los términos en que él la entendía.
Hoy sabemos que muchos animales perciben cambios atmosféricos antes que nosotros:
- Descensos bruscos de la presión atmosférica, que preceden a muchas tormentas.
- Cambios en la humedad del aire.
- Variaciones del campo eléctrico antes de una tormenta.
- Incluso sonidos de muy baja frecuencia (infrasonidos) producidos por tormentas lejanas, imperceptibles para el oído humano.
Está bien documentado que aves, vacas, caballos, perros e incluso insectos modifican su comportamiento antes de cambios meteorológicos importantes. No porque "adivinen" el futuro, sino porque perciben señales físicas que nosotros apenas detectamos.
Ahora bien, lo específico de los mulos orinando con frecuencia no está demostrado como un indicador fiable de lluvia. No existe evidencia científica sólida que establezca esa relación. Pero eso no significa que el fenómeno sea absurdo.
Podría ocurrir que:
El animal estuviera inquieto por el cambio ambiental, ese nerviosismo alterara su comportamiento, una mayor excitación fisiológica favoreciera micciones repetidas.
O podría tratarse simplemente de una coincidencia memorable. La memoria humana tiene una gran capacidad para conservar las historias que aciertan y olvidar las que no. Sin embargo, eso no invalida el valor de la observación original. Al fin y al cabo, muchas prácticas agrícolas nacieron exactamente así: observando regularidades antes de saber explicarlas.
Lo interesante no es si siempre funcionaba. Lo verdaderamente importante es otra cosa. En el mundo rural, la gente vivía completamente pendiente del tiempo.
Hoy miramos una aplicación del móvil.
Mi padre miraba:
- El color del cielo;
- El vuelo de las golondrinas;
- El olor de la tierra;
- La dirección del humo;
- Las hormigas;
- Las nubes sobre la sierra;
- El comportamiento de los mulos.
Todo formaba parte del mismo lenguaje.
Era un inmenso sistema de señales. Ninguna era infalible.
Pero todas juntas ayudaban a tomar decisiones. Las señales eran una conversación con la naturaleza.
Esa es quizá la idea más bonita.
El campesino no se sentía separado de la naturaleza. Vivía dentro de ella. No decía:
"Va a llover porque lo dice el satélite."
Decía:
"Las golondrinas vuelan bajas."
"Las hormigas están tapando los hormigueros."
"El aire huele distinto."
"Los mulos están raros."
Era otra forma de leer el paisaje. Una sabiduría humilde.
Hay algo muy hermoso en estas señales.
Nunca se afirmaban como una verdad absoluta.
Se decían con prudencia.
"Eso es señal de agua."
"No me gusta ese cielo."
"Hoy los animales vienen inquietos."
"No sé... pero algo va a cambiar."
Era un conocimiento lleno de matices. Un patrimonio que casi se ha perdido. Lo triste es que estas observaciones rara vez se escribían.
Pasaban de abuelo a padre. De padre a hijo. En mitad del trabajo.
Mientras se podaba. Mientras se araba. Mientras se segaba. Si se rompía esa cadena... desaparecían.
Y con ellas, una manera de mirar el mundo.
Mi padre, como tantas personas del campo, no sabía leer mapas del tiempo. Tampoco los necesitaba. Le bastaba con mirar a los mulos. Una mañana, mientras abría un surco tras otro, uno de ellos se detuvo a orinar. Siguieron unos metros y volvió a hacerlo. Poco después, una tercera vez. Mi padre dejó el arado, levantó la vista y dijo sin darle mayor importancia: «Hoy nos mojamos».
No habían pasado muchos minutos cuando el cielo se vino abajo. Durante años pensé que aquello era una exageración de las que adornan los recuerdos. Con el tiempo comprendí que no pretendía explicarme un milagro. Solo quería enseñarme que el campo habla, pero habla despacio, y que para entenderlo hay que pasar media vida escuchándolo.
Al hilo de estos recuerdos me resulta casi imposible no reconstruir frases hechas que acuden a mi memoria:
- Cuando las golondrinas vuelan bajo.
- Cuando el humo no sube.
- Cuando las hormigas cierran el hormiguero.
- Cuando las ovejas se agrupan.
- Cuando el mochuelo cambia de sitio.
- Cuando el perro no quiere salir.
- Cuando el rocío tarda en levantarse.
- Cuando los mulos se paran a orinar.
- Cuando la ceniza se pega a la paleta del brasero.
No como un catálogo de certezas, sino como un inventario de una inteligencia construida con paciencia.
Hay una diferencia importante entre conocimiento y explicación
Quizá esa sea la enseñanza más valiosa. Nuestros mayores sabían muchas cosas antes de poder explicarlas. La ciencia moderna suele recorrer el camino inverso: primero busca la explicación y luego comprueba si el conocimiento era correcto. El mundo rural hacía lo contrario: observaba durante décadas, descartaba lo que no funcionaba con frecuencia suficiente y conservaba lo que, sin ser infalible, resultaba útil.
Eso exige una enorme disciplina de observación. No es casual que muchos campesinos fueran capaces de distinguir decenas de tipos de nubes, reconocer el viento por su olor o prever un cambio de tiempo con varias horas de antelación. No era magia: era experiencia acumulada.
Y, sin embargo, también había un componente poético. Las señales no eran solo herramientas; eran una forma de sentirse unido a la tierra. Cuando un anciano decía: «Las mulas saben algo», no estaba atribuyendo poderes sobrenaturales al animal. Estaba reconociendo, con una humildad que hoy a veces hemos perdido, que el ser humano no es el único que lee el mundo y que, en ocasiones, conviene prestar atención a quienes llevan millones de años haciéndolo sin necesidad de palabras.
Esa es, quizá, la mayor herencia de la sabiduría popular: no tanto enseñarnos a predecir la lluvia como recordarnos que la naturaleza siempre está hablando. La cuestión es si todavía sabemos escucharla. Nuestros mayores si que lo hacían. Ver menos ... (ver texto completo)