Aunque el oficio de remamagüevos ya estaba en deshuso Emilio no cejaba en su empeño de volverlo a poner de moda. Tras varios meses instalado en la plaza del pueblo y sin cliente alguno se dispuso a cerrar el local (el viejo kiosko de valero). Para este menester no valia cualquiera y era preciso entrenar (aunque tambien cierto don que el tenia): Era capaz de determinar de quien era el güevo en cuestión tan solo por el grosor del pelo testicular. El mismo dia que, abatido, se dió en banca rota aparecieron en la plaza todo un tropel de gañanes de Lugros que perdidos varios meses en la montaña y oliendo a vete tu saber que precisaron sus servicios. Los atendio a todos por partida doble. Hoy desdentado y con graves problemas de gingivitis, vive holgadamente en un hostal del yemen. Demosle nuestra enhorabuena.