Para las gentes de aquel entonces, el basilisco era un claro símbolo de muerte que podía convertir a cualquier humano en
piedra con solo mirarlo. Por esta razón, muchos pensaban que el único modo de acabar con la bestia era haciendo que la misma se observara en el
reflejo de un
espejo.
Los basiliscos aparecen con frecuencia representados en la
arquitectura religiosa, en libros y grabados antiguos, mostrando su peculiar aspecto y en ocasiones
naturaleza.