LEYENDAS GRANAINAS. El príncipe Al Kamel... Séptima parte.
Preguntó el palomo;
¿no hay un gentil ser del otro sexo, una hermosa princesa, una enamorada dama, que haya cautivado tu corazón, que haya agitado tu pecho con un suave conjunto de agradables penas y de tiernos deseos?
Ya empiezo a comprender, dijo el príncipe suspirando, y he experimentado esa inquietud no pocas veces, pero sin saber la causa, más;
¿donde encontraría ese objeto tal y como tú me lo pintas, en esta espantosa soledad?
Prolongose algún tiempo más este coloquio, con lo que la primera lección que recibió el inexperto príncipe, fue del todo completa.
¡Ay, --dijo--,
¡si el amor es tal delicia y su interrupción tal amargura, no permita Allah que yo perturbe el regocijo de los que aman!
Y abriendo la jaula, sacó al palomo y, después de haberlo besado lo puso en la ventana dicuendole;
"vuela, ave feliz, y regocijate con tu amada compañera en los días de tu juventud primaveral,
¿Para qué te voy a tener prisionero en esta solitaria torre donde nunca podrá penetrar el amor?
El palomo agitó sus alas en señal de alegría, describió un círculo en el aire, y voló rápidamente hacia las floridas alamedas del Río Dauro.
Siguiole el príncipe con la vista, quedando después abismado en amargas reflexiones. El canto de los pájaros, que antes le deleitaba, ya le hacía más amarga su soledad.
¡Amor! ¡amor! ¡amor!
¡ah, pobre joven! ¡entonces conoció lo que significaban esos trinos!
Cuando vió al filósofo Eben Bonabben, sus ojos echaban chispas.
¿Por qué me habéis tenido en ésta abyecta ignorancia?
--le dijo duramente--
¿Por qué me habéis ocultado el gran misterio y principio de la vida, cuando lo sabe el más insignificante de los seres?
Observar cómo la naturaleza entera se entrega a estos sueños de delicias, y cómo todas las criaturas se regocijan con su compañera.
¡Éste, éste es el amor que yo quería conocer!
¿Porqué se me prohíbe gozar de él?
¿Porqué se me han deslizado los días de mi juventud sin saber nada acerca de tales delicias?
El sabio Eben Bonabben comprendió que era inútil toda reserva, pues el príncipe conocía ya la ciencia prohibida. Por lo tanto, le reveló las predicciónes que sobre él habían hecho los astrólogos y las precauciónes que se habían tomado en su educación para conjurar la desgracia pronosticada.
Y ahora, príncipe mío --añadió-- mi vida ésta en vuestras manos. En cuanto descubra vuestro severo padre que habéis aprendido al fin lo que es el amor, como estáis bajo mi tutela, sabed que mi cabeza tendrá que responder a vuestra ciencia....
Fin de la séptima parte.
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