1095 — La primera Cruzada
Las Cruzadas, precursoras del colonialismo y de los imperios europeos, enviaron oleadas de europeos occidentales a otra parte del mundo, el Oriente Medio, en donde hicieron sentir su fuerza haciéndose los santurrones.
Las Cruzadas comenzaron después de que los turcos selyúcidas se apoderaran de buena parte del Medio Oriente, a pesar de la resistencia de los árabes y del Imperio Bizantino. Los turcos eran islámicos pero, en contraste con los árabes musulmanes de los siglos séptimo a once, no fueron tolerantes con los cristianos. El emperador de Bizancio solicitó al papa Urbano III, su congénere cristiano, ayuda para resistir esta nueva amenaza turca. El papa estaba también preocupado por los informes sobre el hostigamiento que sufrían los peregrinos cristianos en Palestina, la Tierra Santa, ahora bajo el dominio turco.
El 26 de noviembre de 1095 el papa lanzó un llamado a todos los guerreros cristianos para que asumieran su responsabilidad frente a los turcos. A esta convocatoria respondieron dos clases de combatientes. En primer lugar, campesinos mal entrenados y peor armados, y gente de los pueblos se dirigieron hacia Oriente, armando camorra por el camino y haciendose matar a la postre. La segunda clase de soldados estaba conformada por nobles bien armados y sus tropas, quienes derrotaron en 1099 a los selyúcidas que defendían Jerusalén y masacraron a todos los habitantes de la ciudad.
Las Cruzadas posteriores, que duraron siglos, fueron tan sangrientas como la primera, y se desviaron todavía más del objetivo de restaurar la santidad en Tierra Santa
Las Cruzadas, precursoras del colonialismo y de los imperios europeos, enviaron oleadas de europeos occidentales a otra parte del mundo, el Oriente Medio, en donde hicieron sentir su fuerza haciéndose los santurrones.
Las Cruzadas comenzaron después de que los turcos selyúcidas se apoderaran de buena parte del Medio Oriente, a pesar de la resistencia de los árabes y del Imperio Bizantino. Los turcos eran islámicos pero, en contraste con los árabes musulmanes de los siglos séptimo a once, no fueron tolerantes con los cristianos. El emperador de Bizancio solicitó al papa Urbano III, su congénere cristiano, ayuda para resistir esta nueva amenaza turca. El papa estaba también preocupado por los informes sobre el hostigamiento que sufrían los peregrinos cristianos en Palestina, la Tierra Santa, ahora bajo el dominio turco.
El 26 de noviembre de 1095 el papa lanzó un llamado a todos los guerreros cristianos para que asumieran su responsabilidad frente a los turcos. A esta convocatoria respondieron dos clases de combatientes. En primer lugar, campesinos mal entrenados y peor armados, y gente de los pueblos se dirigieron hacia Oriente, armando camorra por el camino y haciendose matar a la postre. La segunda clase de soldados estaba conformada por nobles bien armados y sus tropas, quienes derrotaron en 1099 a los selyúcidas que defendían Jerusalén y masacraron a todos los habitantes de la ciudad.
Las Cruzadas posteriores, que duraron siglos, fueron tan sangrientas como la primera, y se desviaron todavía más del objetivo de restaurar la santidad en Tierra Santa