Esta diversidad de pueblos y lenguas, con el transcurso de los años, deja de existir para dar paso a la unidad política y lingüística. En la región del Lacio, próxima a la desembocadura del Tíber, una pequeña aldea llamada Roma conseguirá imponer su dominio y, con ello, sus costumbres y su lengua al resto de los pueblos itálicos.