Don Pelayo, junto a miembros de su familia, se había establecido por entonces en el norteño valle de Cangas, al igual que otros aristócratas escapados del sur. Era hijo del duque don Fáfila, de quien se dice que, por causa de su esposa, había sido asesinado de un golpe en la cabeza por el propio rey traidor Vitiza -cuyos descendientes vendieron su fidelidad a los moros- en la ciudad gallega de Tuy. Gobernaba el actual territorio de Asturias un bereber llamado Munuza, compañero del gran general de la ocupación, Tariq. Su misión era mantener el orden en la región y cobrar impuestos a los pueblos vencidos. Sucedió en esas circunstancias un hecho que la tradición popular recuerda como detonante del conflicto. Munuza se enamoró perdidamente de la hermana de don Pelayo. No era el primer romance nacido entre invasores y nativos, pero aquí el pretendiente fue desairado, sobre todo por la oposición del hermano. Para sacarse de encima a quien interfería en su destino amoroso, y ante un pedido de sus superiores desde Córdoba de envío de rehenes destacados para utilizarlos a modo de garantía que obligara a los familiares a realizar el pago de impuestos, Munuza les remitió al mismísimo Pelayo entre la partida de prisioneros.