Reyes, pues, católicos. Cohesionadores sociales y religiosos; descubridores de nuevas rutas y acaso nuevos mundos. Con tales cartas de presentación, se puede negociar con ellos algún buen matrimonio. La tradición manda: hay que rubricar alguna boda con Portugal. Matrimonio de reyes, claro. Pero, al tiempo, se pueden abrir fronteras y se casan, en pacto doble, al heredero de Castilla y Aragón con la hija del Emperador y a la infanta de Castilla y Aragón, con el posible heredero imperial. Ni más, ni menos.