FREILA: La monarquía que nace en 1474-1479 es autoritaria,...

La monarquía que nace en 1474-1479 es autoritaria, más que absolutista. No es absolutista porque respeta ciertos principios generales, al menos en teoría, concretamente el gobierno con asesoramiento de una serie de consejos especializados en diversas materias. Pero es autoritaria en el sentido que no tolera más autoridad que la del soberano. La historia política de Castilla en los dos primeros tercios del siglo XV había sido marcada por las banderías y las luchas de grupos nobiliarios que procuraban acrecentar sus feudos y privilegios a expensas del patrimonio real y de esta forma controlar el reino. La preocupación constante de los Reyes Católicos fue acabar con aquella situación. Algunos nobles apoyaron en un principio las ambiciones al trono de la todavía princesa Isabel contra los derechos de Juana, despectivamente llamada la Beltraneja, porque esperaban de esta forma disponer de mayor influencia cuando Isabel se convirtiera en soberana. El acierto de los Reyes Católicos fue servirse de estos cálculos interesados para llegar más fácilmente al poder, pero sin prometer nada a nadie y, sobre todo, con la intención de no consentir ninguna merma de su autoridad, una vez instalados en el poder. La lección fue recogida por los primeros Austrias. El emperador Carlos V lo declara explícitamente en 1543 en las instrucciones secretas que deja a su hijo, el príncipe Felipe, al encomendarle la gobernación del reino durante su ausencia: «en el gobierno del reino no debe entrar ningún Grande». Felipe II no se olvidó de la lección, como no dejaron de observarlo aquellos observadores perspicaces que fueron los embajadores de Venecia: «Su Majestad - escriben - desconfía de los Grandes; no se sirve de ellos porque no quiere darles autoridad o influencia excesiva». Letrados e hidalgos, es decir, gentes de las clases medias, forman pues el aparato burocrático del Estado moderno y la presencia de obispos en los altos puestos, tradición inaugurada también por los Reyes Católicos -pensemos en fray Hernando de Talavera, en el cardenal Mendoza, en el cardenal Cisneros...-, acaba configurando la fisonomía política de la España de los siglos XVI y XVII. El Estado moderno inaugurado por los Reyes Católicos presenta así características que van a perdurar durante toda la época de los Austrias, hasta los últimos años del siglo XVII: la supremacía de la corona, como fuente del poder, una corona que asume la dirección del Estado, pero que respeta aparentemente los varios territorios de que se compone la monarquía sin obligarles a someterse a una norma unificadora; una corona que puede delegar en señores laicos o eclesiásticos o en los municipios de realengo prerrogativas importantes pero que conserva siempre el control general de la política del reino por medio de los consejos y de las audiencias y chancillerías; una corona, por fin, que evita confiar a las grandes familias nobiliarias responsabilidades importantes en los asuntos de gobierno y que prefiere apoyarse en las clases medias: letrados, hidalgos, clero.