La calle de las camelias
Me abandonaron en la calle de las Camelias, al pie de la verja de un jardín.
El sereno me descubrió de madrugada. Y los señores de la casa me aceptaron, aunque dicen que de momento no sabían qué hacer: si quedarse conmigo o entregarme a las monjas.
Por lo visto mi forma de reir los cautivó y, como ya eran mayores y no tenían hijos, me recogieron.
El señor me cogió, tan sucia como estaba, con el papelito prendido aún al babero y me llevó a ver las flores: "Mira los claveles -aseguran que decía- mira las rosas, mira mira". Pues era primavera y todo estaba florido.
Me abandonaron en la calle de las Camelias, al pie de la verja de un jardín.
El sereno me descubrió de madrugada. Y los señores de la casa me aceptaron, aunque dicen que de momento no sabían qué hacer: si quedarse conmigo o entregarme a las monjas.
Por lo visto mi forma de reir los cautivó y, como ya eran mayores y no tenían hijos, me recogieron.
El señor me cogió, tan sucia como estaba, con el papelito prendido aún al babero y me llevó a ver las flores: "Mira los claveles -aseguran que decía- mira las rosas, mira mira". Pues era primavera y todo estaba florido.
Pero lo más extraordinario fue que aquella noche floreció el cacto sin tierrra.
Fuera, en el jardín de la parte de atrás había una pared desconchada, de la que el enlucido caía a pedazos, formando como burbujas, ya que por debajo las cochinillas trabajaban en la formación de madrigueras.
Al pie de esa pared, cubierta de rosales, blancos, crecía un cacto gigante. Un invierno de nieve la tierra se heló y el cacto se secó de mitad para abajo, en tanto que de mitad para arriba siguió verde porque, como a escondidas, había ido arraigando en una grieta de aquella pared llena de rosales, y aquellas raíces se alimentaban de los ladrillos y la vieja mezcla, que daban vida al cacto que crecía para arriba, hasta rebasar la pared, como queriendo curiosear en el jardín de al lado.
Fuera, en el jardín de la parte de atrás había una pared desconchada, de la que el enlucido caía a pedazos, formando como burbujas, ya que por debajo las cochinillas trabajaban en la formación de madrigueras.
Al pie de esa pared, cubierta de rosales, blancos, crecía un cacto gigante. Un invierno de nieve la tierra se heló y el cacto se secó de mitad para abajo, en tanto que de mitad para arriba siguió verde porque, como a escondidas, había ido arraigando en una grieta de aquella pared llena de rosales, y aquellas raíces se alimentaban de los ladrillos y la vieja mezcla, que daban vida al cacto que crecía para arriba, hasta rebasar la pared, como queriendo curiosear en el jardín de al lado.