Se podría pensar que el frío ha sido para los humanos una dificultad, casi un enemigo implacable del cual huir. Pero la falta de frío ha constituido –constituye todavía– un estorbo, una desgracia incluso. Eso sí, en aquellos momentos y usos para los que la ciencia, la dieta alimenticia o el refinamiento –al final, la cultura– prescriben el frío. Usos médicos preconizados desde la antigüedad clásica y recuperados con fuerza en la medicina renacentista. Por cierto, la primera obra monográfica europea sobre el tema es de un médico valenciano, el jativense Francisco Franco, autor del Tratado de la nieve y del uso della (Sevilla, 1569). Otras aplicaciones han sido la conservación y transporte de alimentos o el placer de beber frío, en esta misma publicación se indica como “Allá donde nieve y hielo no resisten todo el año y se funden, había que almacenarlos durante el invierno en edificios especialmente construidos para esta función. Son las neveras, cavas, pozos de hielo y de nieve o ventisqueros, generalmente ubicados en las montañas de las latitudes medias. Durante todo el año y, especialmente, durante el verano, se bajaba el preciado producto a las ciudades y pueblos, donde se consumía con deleite, siempre aprovechando las horas en que el sol menos daño hacía a esta delicada mercancía”.