FREILA: Aunque le temo a los remordimientos – le respondí -,...

DUX

Desde lo profundo de la cueva salía un grito desgarrador. Yo me asomaba y nada veía, y a mis espaldas mis hombres esperaban inquietos, empuñando las espadas nerviosos. Maldije la corrupción de los lugares que en otras edades fueron, al menos según los recuerdos tramposos de los ancianos que no pueden levantarse de sus camas, libres de manifestaciones malignas.

Afligido, miré a mis soldados, cuya esperanza suelo envidiar. Esperaban mi orden, pero yo no me decidía. De pronto, el grito cesó, y entonces advertí que había estado conteniendo mi respiración. Envainé mi espada, me agaché y me eché al rostro agua del angosto arroyo que por allí corría. Luego, con un ligero temblor, me volví a la entrada de la cueva. No me atrevía a entrar y esto me perturbaba. Llegué a pensar en una deshonrosa fuga.

- ¡Entremos! – exclamó uno de mis hombres, impaciente – Toda la vida nos arrepentiremos si no lo hacemos.

Aunque le temo a los remordimientos – le respondí -, yo no me arrepiento ni he de arrepentirme de nada.

A continuación, guardamos silencio. El grito comenzaba y se apagaba una y otra vez. Vi en los ojos de mis soldados la sed de sangre. Nuevamente pensé en la huida, pero huir no es una decisión que puedan tomar los generales, y por eso extrañé la época en que no era yo más que un simple soldado. Indeciso, apoyé mi espalda a las rocas y hablé de la siguiente manera:

-Somos un puñado de hombres, ¿qué podríamos hacer en la oscuridad, en un sitio en el que nunca hemos estado, si nos vemos obligados a enfrentarnos a un tormento que nuestras mentes no imaginan pero que nuestros corazones presienten? No hallaríamos sino la perdición.

Nadie me respondía, y empecé a inquietarme. ¿Habían empezado a dudar de mí? Miré a cada uno a los ojos, ellos se apresuraban a esquivar mi mirada. Habían envainado sus espadas y estaban sentados sobre las piedras, en silencio.
Respuestas ya existentes para el anterior mensaje:
Varios minutos tuvieron que pasar para que uno de ellos dijera:

-La gloria puede estar esperándonos en esa oscuridad impenetrable. Busquémosla, si morimos será por una causa hermosa.

Negué con la cabeza, menos lo que él acababa de decir que lo que a mí se me ocurría al escucharlo.

-Sería en vano – le contesté, y lo vi muriendo a causa de la picadura de una serpiente en una cueva en la que no había más que sabandijas.

Retornó el silencio a los soldados. Miraban el suelo, algunos jugaban ... (ver texto completo)