DUX
Desde lo profundo de la cueva salía un grito desgarrador. Yo me asomaba y nada veía, y a mis espaldas mis hombres esperaban inquietos, empuñando las espadas nerviosos. Maldije la corrupción de los lugares que en otras edades fueron, al menos según los recuerdos tramposos de los ancianos que no pueden levantarse de sus camas, libres de manifestaciones malignas.
Afligido, miré a mis soldados, cuya esperanza suelo envidiar. Esperaban mi orden, pero yo no me decidía. De pronto, el grito cesó, y entonces advertí que había estado conteniendo mi respiración. Envainé mi espada, me agaché y me eché al rostro agua del angosto arroyo que por allí corría. Luego, con un ligero temblor, me volví a la entrada de la cueva. No me atrevía a entrar y esto me perturbaba. Llegué a pensar en una deshonrosa fuga.
- ¡Entremos! – exclamó uno de mis hombres, impaciente – Toda la vida nos arrepentiremos si no lo hacemos.
Desde lo profundo de la cueva salía un grito desgarrador. Yo me asomaba y nada veía, y a mis espaldas mis hombres esperaban inquietos, empuñando las espadas nerviosos. Maldije la corrupción de los lugares que en otras edades fueron, al menos según los recuerdos tramposos de los ancianos que no pueden levantarse de sus camas, libres de manifestaciones malignas.
Afligido, miré a mis soldados, cuya esperanza suelo envidiar. Esperaban mi orden, pero yo no me decidía. De pronto, el grito cesó, y entonces advertí que había estado conteniendo mi respiración. Envainé mi espada, me agaché y me eché al rostro agua del angosto arroyo que por allí corría. Luego, con un ligero temblor, me volví a la entrada de la cueva. No me atrevía a entrar y esto me perturbaba. Llegué a pensar en una deshonrosa fuga.
- ¡Entremos! – exclamó uno de mis hombres, impaciente – Toda la vida nos arrepentiremos si no lo hacemos.
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