Todos me miraron, y esta vez fui yo quien esquivó su mirada. Ellos no querían huir. No, querían entrar, querían penetrar; al escuchar yo el grito, consideraba que si lo hacíamos sólo encontraríamos la muerte; al ignorarlo, consideraba que si lo hacíamos sólo nos perderíamos para siempre.
- ¿Qué piensan? – les pregunté simulando una dureza que nunca tuve - ¿Piensan que si entramos nos enfrentaremos, como ocurre en las historias que deleitan a sus hijos, a un dragón de innumerables cabezas y, habiéndolo
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No se lo permití, desde luego, pero insistía tanto que empecé a exasperarme. Otro de los soldados, al notarlo, le gritó para que se detuviera. A partir de ese momento, hubo entre ellos y yo una clara tensión, que se manifestaba no sólo en los diálogos, sino también en las miradas, en los gestos y en los movimientos. Se me ocurrió que habían empezado a odiarme. Yo no los había hecho ir hasta allí, ¿pero qué importaba? Ahora todo dependía de mí, y ellos se desesperaban y yo no me decidía.
Llegó el crepúsculo. Todos me miraban. Estaban cansados y querían terminar con este asunto; y yo no quería entrar a la cueva, pero tampoco quería seguir sentado allí más tiempo ni ordenar un regreso a la ciudad. Observaba los estrechos pasajes que serpentean entre las grandes rocas y pensaba en irme. No nací, quizás, para ser un general
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