Recuerdo perfectamente ese
bar, en el que además de ponerse uno con el vino
en estado de gracia, te marcabas luego unos bailoteos, que entre el "pedal"
que llevabas por el vino y los ritmos de la Conga, te sentias el muchacho
más vacilón y
feliz del mundo. Eso sí, no era nada extraño que amanecieras
durmiendo debajo de un
olivo, cerca del Cortijo Alto, con un dolor de cabeza
horrible y sin acordarte de nada. Menos mal que en el olivo de al lado,
igual te aparecia el Toribio -el
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