En un pequeño
pueblo de la Alpujarra, donde las cumbres de
Sierra Nevada suelen lucir un
manto blanco que alimenta los
valles, Clara observa el horizonte. A sus setenta años, sus ojos han visto cómo el glaciar que coronaba su infancia se ha retirado, como si la
montaña tuviera miedo del sol.
A su lado está su nieto, Leo, que sostiene un termómetro digital con la precisión de quien estudia una fiebre que no baja.
— Abuela, el sensor dice que hace cinco grados más de lo que debería —comenta Leo,
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