Macaleros, ¡Que verguenza!. Cuando alguién llega a nuestro pueblo de fuera le acogemos con mucha cordialidad y hospitalidad, de ésto nuestra fama de acogedores, merecida virtud tras muchos de demostrarlo. Pero que ocurre con nuestro convecino, con ese con el que padecemos a diario el sufrido trabajo en una de las maquinas de las frabricas de mármol, con ese con el que alguna vez hemos charlado en la barra de un bar, con el que nos hemos alegrado de los triunfos del Mármol Macael, etc, etc... Pues ... (ver texto completo)