Aunque no como el culpado
que se fuga por salvarse,
sino como el que inocente,
mueve tranquilo el pie y grave.
Al andar, sus choquezuelas
formaban ruido notable,
como el que forman los dados
al confundirse y mezclarse.
Rumor de poca importancia
en la escena lamentable,
mas de tan mágico efecto,
y de un influjo tan grande.
En la vieja, que asomaba
el rostro y luz a la calle,
que, cual si oyera el silbido
de venenosa ceraste,
O crujir las negras alas
del precipitado Arcángel,
grita en espantoso aullido,
¡Virgen de los Reyes, valme!
Suelta el candil, que en las piedras
se apaga y aceite esparce,
y cerrando la ventana
de un golpe, que la deshace,
Bajo su mísero lecho
corre a tientas a ocultarse,
tan acongojada y yerta,
que apenas sus pulsos laten.
Por sorda y ciega haber sido
aquellos breves instantes,
la mitad diera gustosa
de sus días miserables:
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