El pochoclo
Tiene su origen en la América precolombina. Cuando los españoles llegaron a América, fueron recibidos por nativos que les ofrecían collares confeccionados con ellos. Por ejemplo, en 1510, Hernán Cortés y sus hombres se quedaron sorprendidos por unos extraños amuletos que los sacerdotes aztecas portaban en las ceremonias. Los adornos estaban hechos con sartas de palomitas de maíz.
Esta gramínea se conoce en el Nuevo Mundo desde hace unos 6.000 años. Los amerindios habían observado que sólo estallaban en la sartén los granos que contenían una cierta cantidad de agua. Hoy sabemos que el maíz debe tener un 14 por ciento de agua para que por acción del calor se evapore y rompa la cáscara del grano. El resultado es una masa blanca y esponjosa que son las flores de maíz conocidas también como palomitas de maíz o pororó, palabra que deriva del guaraní y que significa estruendo, ruido violentó.
Los indígenas los preparaban de tres formas diferentes: insertaban una mazorca en un palo y la tostaban al fuego; luego recogían los granos que estallaban. Otra técnica consistía en separar los granos y arrojarlos directamente al fuego. La tercera manera de hacer pochoclo era poniendo al fuego una vasija con granos gordos de arena en su interior que, al calentarse, hacían estallar el maíz.
Las primeras máquinas especialmente concebidas para la fabricación de pochoclo aparecieron en 1880.
Las salchichas
Hace casi 4.000 años, los babilonios rellenaban las tripas de un animal, generalmente del cerdo, con carnes especiadas. Esta es la referencia más antigua que se conoce acerca del origen de las salchichas. En la Grecia clásica también era un alimento muy apreciado, aunque los helenos las elaboraban de manera algo distinta que en Babilonia. Precisamente, un embutido similar, la morcilla, fue inventado por un griego, Atómates de Corinto.
Las salchichas también figuraban entre los platos ensalzados en la antigua Roma. En las fiestas en honor a Lupercus, dios de los pastores, que se celebraban a partir del 15 de febrero, los adolescentes eran introducidos en la vida adulta mediante un rito en el que la salchicha jugaba un papel muy importante que nada tenía que ver con el arte culinario. Precisamente fue su simbolismo erótico lo que hizo que la Iglesia desaconsejara su consumo y que el emperador Constantino prohibiera por decreto su fabricación. Pese a esta incomprensible animadversión, las salchichas siguieron siendo, aunque en la clandestinidad, un alimento básico en la dieta romana. De hecho, la palabra salchicha deriva del término latino salsus.
Pasaron los siglos y en 1852 el gremio de carniceros de la ciudad germana de Frankfurt presentó una salchicha especial ahumada y embutida en una tripa delgada y casi transparente. De este modo, nació la salchicha de Frankfurt, que se exporté al mundo entero. Otro carnicero alemán tuvo la ocurrencia de servir una salchicha caliente en un pedazo de pan, combinado que bautizó con el nombre de la raza de su perro, un dachshund. El invento, que en la Argentina se conoce como pancho, llegó a Estados Unidos con el nombre de hot dog -en castellano, perro caliente—. Esta sencilla comida se hizo muy popular a partir de 1906 gracias a Harry Steven, un vendedor ambulante de comidas y bebidas que consiguió una concesión de venta en los estadios durante los partidos de béisbol.
El dulce de leche
Según se relata en El Gran Libro de ha Cocina Argentina, una improbable anécdota acuñada en la localidad de Cañuelas habla de un histórico origen, un 24 de junio de 1829. Se habían juntado allí los generales Lavalle y Rosas en campos de este último. Lavalle, fatigado, se echó a dormir en el catre de Rosas, que aún no había llegado, para horror de la mulata que oficiaba de ama de llaves.
Tanta inquietud le produjo semejante situación que se olvidó de la lechada que con azúcar hervía para el mate de Rosas. De ese escandalizado descuido habría nacido el dulce de leche, que degustaron en paz el federal y el unitario.
Fundada por Vicente Casares en el año 1889, La Martona fue la primera industria láctea argentina. Funcionaba en la estancia San Martín, en el partido de Cañuelas. También fue la primera industria en fabricar dulce de leche.
Tiene su origen en la América precolombina. Cuando los españoles llegaron a América, fueron recibidos por nativos que les ofrecían collares confeccionados con ellos. Por ejemplo, en 1510, Hernán Cortés y sus hombres se quedaron sorprendidos por unos extraños amuletos que los sacerdotes aztecas portaban en las ceremonias. Los adornos estaban hechos con sartas de palomitas de maíz.
Esta gramínea se conoce en el Nuevo Mundo desde hace unos 6.000 años. Los amerindios habían observado que sólo estallaban en la sartén los granos que contenían una cierta cantidad de agua. Hoy sabemos que el maíz debe tener un 14 por ciento de agua para que por acción del calor se evapore y rompa la cáscara del grano. El resultado es una masa blanca y esponjosa que son las flores de maíz conocidas también como palomitas de maíz o pororó, palabra que deriva del guaraní y que significa estruendo, ruido violentó.
Los indígenas los preparaban de tres formas diferentes: insertaban una mazorca en un palo y la tostaban al fuego; luego recogían los granos que estallaban. Otra técnica consistía en separar los granos y arrojarlos directamente al fuego. La tercera manera de hacer pochoclo era poniendo al fuego una vasija con granos gordos de arena en su interior que, al calentarse, hacían estallar el maíz.
Las primeras máquinas especialmente concebidas para la fabricación de pochoclo aparecieron en 1880.
Las salchichas
Hace casi 4.000 años, los babilonios rellenaban las tripas de un animal, generalmente del cerdo, con carnes especiadas. Esta es la referencia más antigua que se conoce acerca del origen de las salchichas. En la Grecia clásica también era un alimento muy apreciado, aunque los helenos las elaboraban de manera algo distinta que en Babilonia. Precisamente, un embutido similar, la morcilla, fue inventado por un griego, Atómates de Corinto.
Las salchichas también figuraban entre los platos ensalzados en la antigua Roma. En las fiestas en honor a Lupercus, dios de los pastores, que se celebraban a partir del 15 de febrero, los adolescentes eran introducidos en la vida adulta mediante un rito en el que la salchicha jugaba un papel muy importante que nada tenía que ver con el arte culinario. Precisamente fue su simbolismo erótico lo que hizo que la Iglesia desaconsejara su consumo y que el emperador Constantino prohibiera por decreto su fabricación. Pese a esta incomprensible animadversión, las salchichas siguieron siendo, aunque en la clandestinidad, un alimento básico en la dieta romana. De hecho, la palabra salchicha deriva del término latino salsus.
Pasaron los siglos y en 1852 el gremio de carniceros de la ciudad germana de Frankfurt presentó una salchicha especial ahumada y embutida en una tripa delgada y casi transparente. De este modo, nació la salchicha de Frankfurt, que se exporté al mundo entero. Otro carnicero alemán tuvo la ocurrencia de servir una salchicha caliente en un pedazo de pan, combinado que bautizó con el nombre de la raza de su perro, un dachshund. El invento, que en la Argentina se conoce como pancho, llegó a Estados Unidos con el nombre de hot dog -en castellano, perro caliente—. Esta sencilla comida se hizo muy popular a partir de 1906 gracias a Harry Steven, un vendedor ambulante de comidas y bebidas que consiguió una concesión de venta en los estadios durante los partidos de béisbol.
El dulce de leche
Según se relata en El Gran Libro de ha Cocina Argentina, una improbable anécdota acuñada en la localidad de Cañuelas habla de un histórico origen, un 24 de junio de 1829. Se habían juntado allí los generales Lavalle y Rosas en campos de este último. Lavalle, fatigado, se echó a dormir en el catre de Rosas, que aún no había llegado, para horror de la mulata que oficiaba de ama de llaves.
Tanta inquietud le produjo semejante situación que se olvidó de la lechada que con azúcar hervía para el mate de Rosas. De ese escandalizado descuido habría nacido el dulce de leche, que degustaron en paz el federal y el unitario.
Fundada por Vicente Casares en el año 1889, La Martona fue la primera industria láctea argentina. Funcionaba en la estancia San Martín, en el partido de Cañuelas. También fue la primera industria en fabricar dulce de leche.